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Antes de hablar de ovulación, reserva ovárica o fertilidad de la pareja, hay un pilar que suele anticiparse cuando una mujer quiere ser madre: el estilo de vida. Aunque existen múltiples factores que pueden influir en la posibilidad de concebir, el peso suele ocupar rápidamente el centro de la conversación cuando existe sobrepeso u obesidad, hasta resumirse a menudo en una directriz categórica: “primero tienes que bajar de peso”.
La premisa parece lógica y sencilla en papel. Sin embargo, en la práctica, se suele obviar que la obesidad no es una simple cuestión de kilos de más ni una consecuencia directa de falta de voluntad. Es una enfermedad crónica compleja capaz de modificar distintos procesos del organismo, algunos de ellos relacionados con la reproducción.
Este dilema entre el deseo de maternidad y las advertencias clínicas me recuerda a la experiencia de la actriz australiana Rebel Wilson. En sus memorias Rebel Rising (2024) la protagonista de Pitch Perfect relató que su decisión de iniciar el llamado “año de la salud” en 2020 partió de un señalamiento médico muy claro: un especialista en fertilidad le advirtió sobre sus dificultades para concebir derivadas de un síndrome de ovárico metabólico poliendocrino (SOMP) por lo que tendría muchas más probabilidades de congelar óvulos con éxito si lograba bajar de peso, un proceso que la llevó a perder más de 30 kilos.
Historias como estas me hacen preguntarme como mujer ¿qué ocurre realmente en el organismo cuando existe obesidad, y hasta qué punto influye realmente en el camino hacia una mejor fertilidad? Y es que entenderlo exige mirar más allá del número que aparece en la balanza.
Obesidad y fertilidad: la relación es real, pero no es tan simple
Hablar de obesidad y fertilidad no debería llevar automáticamente a la conclusión de que una mujer con exceso de peso tendrá dificultades para embarazarse. “La relación es importante, pero no es absoluta, por lo que vivir con obesidad no significa necesariamente que una mujer no lo logrará. De hecho, muchas llegan a concebir de manera espontánea”, explicó el doctor Patrick Jacinto, de la Universidad Científica del Sur a Somos.
Lo que sí puede cambiar es el escenario reproductivo. Una de las razones está en que el tejido adiposo no es metabólicamente pasivo. Como precisó Dolores Mejía,experta en endocrinología y nutrición y presidenta del Observatorio Dominicano de Diabetes, a mayor cantidad de grasa, aumenta la actividad de aromatización, un proceso mediante el cual se producen estrógenos a partir de andrógenos. Ese exceso hormonal puede alterar el funcionamiento del eje hipotálamo-hipófisis-ovario, que regula la función reproductiva.
A esto se suman la resistencia a la insulina y el estado proinflamatorio asociado a la obesidad, que pueden generar un entorno metabólico capaz de interferir con la ovulación. “Este contexto también puede aumentar el riesgo de complicaciones metabólicas durante la gestación, como la diabetes gestacional. De hecho, el 10% de las mujeres que la desarrollan, pueden quedarse como diabéticas para siempre, llegando a desarrollar una diabetes de tipo 2”, advirtió Mejía.

Y aquí aparece uno de los matices más importantes: tener menstruaciones regulares no necesariamente significa que todos los procesos relacionados con la fertilidad estén funcionando de manera óptima. Como señaló la ginecóloga obstetra Rebecca Starck, de Cleveland Clinic, una mujer con obesidad puede seguir menstruando todos los meses y, aun así, presentar alteraciones en la ovulación, en la calidad de los óvulos o en la receptividad del endometrio. Una regla regular es una señal favorable, pero no permite descartar otros factores que intervienen en la fertilidad.
Este engranaje se vuelve todavía más estrecho cuando se suman condiciones como el síndrome de ovárico metabólico poliendocrino (SOMP) o la endometriosis. En el caso del SOMP, los niveles de insulina y andrógenos interfieren de forma directa con la maduración y la liberación de óvulos—un obstáculo con el que la propia Rebel Wilson tuvo que lidiar durante sus tratamientos de FIV—. Por otro lado, la obesidad se caracteriza por un estado inflamatorio sistémico de bajo grado que puede sumarse al componente inflamatorio y dependiente de estrógenos de la endometriosis, creando mecanismos que afectan la función reproductiva.
¿Hay que bajar de peso antes de buscar un embarazo?
Es muy común que una mujer con sobrepeso u obesidad que quiere quedar embarazada escuche la famosa fase: “primero tienes que bajar de peso”. Pero ¿cuándo esta indicación tiene un fundamento médico real y cuándo se convierte en una simplificación peligrosa?
La respuesta no puede separarse de la edad y del tiempo reproductivo. “Esa es una decisión importante que hay que individualizar, dependiendo de la edad de la paciente, porque sabemos que las mujeres tenemos un reloj biológico”, señaló la doctora Alicia Seminario, ginecóloga de la Clínica Ricardo Palma.
No es lo mismo una paciente de unos 28 años con sobrepeso y ciclos irregulares, que puede tener cierto margen para mejorar su estado metabólico antes de buscar la concepción, que una mujer de 38 o 40 años con una baja reserva ovárica. En este último caso, “no necesariamente puede darse el lujo de esperar un año intentando mejorar su estado metabólico cuando le juega en contra su reserva ovárica”, recalcó Seminario.
Eso no significa que cuidar la salud metabólica deje de ser importante. Por el contrario, llevar un embarazo en las mejores condiciones posibles siempre será el escenario ideal. Como subrayó la doctora Mejía, lo óptimo es que la gestación —un estado que por sí solo incrementa entre 11 y 13 kilos y genera de forma natural una resistencia a la insulina— no llegue por sorpresa, sino planificada para prevenir complicaciones como la diabetes gestacional, aborto espontáneo, macrosomía, natimuerte, entre otras.
Sin embargo, cuando alcanzar el normopeso no siempre es una opción inmediata, existen algunas metas clínicas muy claras. Lograr una reducción inicial del 7% del peso corporal ya representa un punto de inflexión metabólico muy potente para mejorar la sensibilidad a la insulina y la ovulación; no obstante, cuando se busca un impacto más profundo en el perfil metabólico, Mejía indicó que “el mínimo negociable que personalmente recomiendo, si no es posible llegar al normopeso, es que aquellas que viven con obesidad pierdan por lo menos un 15% de su peso”.
El objetivo, además, no debería reducirse a ver bajar una cifra en la balanza. A menudo se utiliza el Índice de Masa Corporal (IMC) por practicidad, pero el foco también está en modificar la composición corporal: disminuir la grasa visceral y preservar o aumentar la masa muscular genera beneficios metabólicos, incluso cuando el descenso en la báscula no sea drástico.

Tratamientos, FIV y medicamentos: ¿qué cambia en el camino al embarazo?
Cuando una mujer con obesidad necesita recurrir a un tratamiento de fertilidad —como una fecundación in vitro (FIV)—, el panorama clínico puede ser muy diferente.
De acuerdo con la doctora Karina Espíritu, ginecóloga de Clínica Internacional, la obesidad puede asociarse a una menor respuesta a la estimulación ovárica, la necesidad de dosis más altas de medicamentos, a un menor número de óvulos recuperados en algunas pacientes y, en ciertos casos, menores tasas de implantación o embarazo.
Esto mismo lo experimentó Rebel Wilson en su camino hacia la maternidad: su proceso de FIV estuvo lleno de tropiezos en el laboratorio, con múltiples intentos y la pérdida de óvulos que no sobrevivieron, hasta lograr conseguir un único embrión viable con su propia carga genética tras un desgaste emocional considerable.
Pero el impacto no termina en el laboratorio. Durante la gestación, la obesidad también puede aumentar el riesgo de complicaciones como diabetes gestacional e hipertensión. Sin embargo, esto no significa que una mujer con obesidad no pueda someterse a un tratamiento de fertilidad, sino que conviene evaluar de manera individual cuál es el momento y las condiciones más seguras para hacerlo.
En ese proceso, el manejo del peso puede incluir diferentes herramientas. La base sigue siendo los cambios en el estilo de vida. Como detalló Dolores Mejía, esto comprende una pauta alimentaria hiperproteica e hipocalórica —con al menos 1.5 gramos de proteína por kilo de peso— combinada con entre 150 y 300 minutos semanales de actividad física, integrando tanto ejercicios cardiovasculares como de fuerza.
A ello se suma trabajar sobre otros factores que pueden afectar la salud metabólica: el control del estrés crónico o disestrés (que eleva el cortisol y favorece la acumulación de grasa visceral) y una higiene del sueño estricta que garantice al menos siete horas de descanso.
Cuando los cambios de hábitos por sí solos no bastan y se requiere avanzar hacia opciones farmacológicas o quirúrgicas, los tiempos de espera y planificación cobran un rol crítico. En el caso de la cirugía bariátrica, lo ideal es esperar entre 12 y 24 meses antes de buscar el embarazo, evaluando cuidadosamente el tipo de procedimiento realizado.

Por su parte, los medicamentos para la obesidad que actúan sobre la vía de los receptores GLP-1, como la semaglutida (Ozempic), también requieren una planificación cuidadosa cuando existe deseo de embarazo. Aunque son muy eficaces para el control metabólico y la saciedad, no deben utilizarse durante la gestación; de hecho, las indicaciones regulatorias de fármacos como la semaglutida contemplan un periodo de suspensión de al menos dos meses antes de intentar la concepción.
Antes de buscar un embarazo, mira más allá de la balanza
Cuando una mujer que vive con obesidad decide dar el paso hacia la maternidad, el punto de partida no debería ser una exigencia aislada sobre el peso, sino una evaluación preconcepcional integral y respetuosa.
Según la doctora Rebeca Starck, este proceso debe empezar siempre con una conversación libre de estigmas que revise mucho más que el IMC: historia familiar, antecedentes médicos, ciclo menstrual, ovulación, edad, medicamentos, presión arterial, diabetes, resistencia a la insulina, salud tiroidea, antecedentes ginecológicos, dolor pélvico, endometriosis, fibromas, cirugías previas, abortos espontáneos y también factores masculinos.
La evaluación debe contemplar además la alimentación, la actividad física y la salud emocional. Si bien el peso forma parte de la ecuación médica, nunca debe convertirse en la única explicación ni en un muro que opaque el deseo de maternidad.
Las decisiones médicas deben contemplar las alternativas más seguras según cada contexto personal. Por ejemplo, ante la limitación de contar con un único embrión viable y buscando maximizar las probabilidades estadísticas de éxito sin poner en riesgo su salud, la propia Rebel Wilson y su equipo médico optaron por la gestación subrogada, permitiendo que una madre sustituta llevara a término el embarazo de su hija Royce Lillian, nacida en noviembre de 2022.
Por eso, la clave radica en buscar un acompañamiento integral donde la meta no sea juzgar el cuerpo que habita la paciente, sino guiarla con empatía para tomar decisiones seguras, realistas, informadas y, sobre todo, personalizadas.
