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La herida que dejó el fallido proyecto de Gianni Infantino sigue abierta en la FIFA. El francés Kevin Lamour, considerado el número tres del organismo, dejó su cargo apenas unas semanas después de enfrentarse públicamente al presidente por su intento de abrir las competiciones del fútbol mundial a inversores privados.
La salida fue confirmada por un portavoz de la FIFA, que precisó que la relación laboral con Lamour terminó el 17 de agosto. El organismo agradeció sus dos años de servicio como director general de Operaciones y le deseó éxitos en su futuro profesional. No hubo, sin embargo, mayores explicaciones sobre las razones de su partida.
Lamour había asumido en 2024 un puesto de enorme peso dentro de la estructura de la FIFA. Desde allí supervisaba áreas sensibles de la organización, entre ellas los departamentos jurídico, de comunicaciones y de recursos humanos. Antes de llegar a Zúrich había trabajado en la UEFA.
Su salida adquiere especial relevancia por una razón: Lamour no se limitó a discrepar en privado de Infantino. Fue una de las voces más duras contra el proyecto FIFA Forward Enterprise (FFE), la iniciativa que buscaba incorporar capital privado a la estructura comercial de la FIFA y que terminó archivada después de provocar el rechazo de varias confederaciones.

Para Lamour, aquella propuesta tenía un problema de origen. Era, según escribió, “el proyecto de una sola persona”. Su crítica fue todavía más lejos: sostuvo que la iniciativa nunca debía ver la luz y pidió que dentro de la FIFA se tomaran “las buenas decisiones”.
En aquel momento, además, dejó una frase que hoy adquiere otro peso tras su salida: los trabajadores de la FIFA, afirmó, merecían algo más que “desprecio e intimidación”. Si cuestionar el proyecto significaba perder su puesto, estaba dispuesto a asumir las consecuencias.
Ahora esa consecuencia llegó. La partida de Lamour se suma a una serie de señales que muestran que la controversia por el FFE no terminó cuando Infantino decidió retirar la propuesta. Arsène Wenger, director de Desarrollo Global del Fútbol, y Mattias Grafström, secretario general de la FIFA y considerado el número dos del organismo, también habían marcado distancia con el proyecto y celebrado su abandono.
El problema para Infantino es que todo esto ocurre cuando el reloj político empieza a correr. El presidente de la FIFA buscará en 2027 un nuevo mandato, que sería el cuarto y último al frente del organismo. La discusión sobre el fallido ingreso de capital privado, por tanto, dejó de ser solamente una disputa empresarial: se convirtió en una batalla por el modelo de gobernanza del fútbol mundial.
El proyecto murió. Sus consecuencias, en cambio, siguen jugando.
