- Dos ciudades, una misma fiesta: una crónica visual de cómo se vive el carnaval entre Huamanga y Huanta
- Estas son las mejores heladerías de Lima para visitar este verano 2026
- ¿Cuál es la mejor barra cebichera de Lima? 10 lugares imperdibles para este verano
El carnaval de Ayacucho se celebra y se hereda. Cada febrero, Huamanga se viste de picardía y en cada esquina se juega con talco, serpentinas y globos de agua. Se entonan coplas y en las comparsas hay espacio para todos: grandes, chicos, bailarines, turistas, instituciones e incluso otakus (quienes hace unos años ya cuentan con una presentación oficial).
MIRA TAMBIÉN: Vinos de uva pisquera: la apuesta de la bodega que busca devolverle al Perú su lugar como potencia vitivinícola
Por su lado, en Huanta, la tierra misma entra en escena entre tunas de colores, barro y espuma. Lo que parece jolgorio es, en realidad, memoria en movimiento. Los mismos frutos que se cosechan durante el año terminan aplastados sobre las mejillas de vecinos y visitantes como una forma burlesca de agradecer a la tierra y fundirse con ella. Si te niegas a este ritual, se comenta, podrías tentar a la mala suerte. Sin embargo, ¿acaso alguien asiste a unos carnavales esperando salir pulcro en alma y cuerpo?
Dos ciudades, un latido
En Huamanga, las comparsas avanzan cantando coplas que hablan desde romances fallidos hasta polémicas políticas. El humor es vehículo y también crítica mientras se corea por la plaza. En Huanta, en cambio, el quechua sostiene las melodías. Las letras, en tanto, evocan la producción, la cosecha, la vida comunal.
En esa línea, Francisco Meléndez reflexiona sobre lo importante que es defender la tradición. Cabeza de la comparsa de la Familia Meléndez, este ayacuchano orgulloso comenta a Somos que hace casi un siglo su familia hace historia en los carnavales ayacuchanos. “Todo inició con mi abuela, Maximiliana Quino de Gutiérrez. Ella formó un grupo con el barrio de Santa Clara. Una mujer entusiasta que se juntó a mi abuelo, que era músico. Poco a poco la tradición se fue asentando, caminando en cada carnaval”, rememora.

Mientras sostiene una postal de esos inicios, pareciera que Meléndez abrazara la herencia viva. “Conservar la tradición en un mundo que va tan rápido es complejo. Muy pocas comparsas conservan la verdadera tradición. Hace años eran de máximo 50 personas. Se componían canciones en tema burlón y luego se cantaban huaynos mientras las mujeres se formaban en círculo bailando alrededor de los varones, músicos en su mayoría, en el centro”, comenta.
También la estética ha mutado. “Antes, todo el vestuario de las mujeres era blanco, con el acento de color dado por la lliclla. Los hombres siempre deben usar poncho en color nogal, fabricado en fibra de vicuña y heredado de generación en generación”. Francisco, por supuesto, cuenta con uno heredado por su abuelo y tejido por su abuela, mientras apunta que fueron tres las piezas que se le otorgaron: “Una la utilizo yo en cada carnaval, la otra es de mi hijo y la última estoy guardándola para mi nieto”.

TE PUEDE INTERESAR: “Al proteger a una abeja, se protege el futuro”: por qué el Perú acaba de marcar un precedente mundial al darles derechos legales a las abejas meliponas
En Huanta, mientras tanto, el concurso de comparsas se distingue por su intensidad. El premio al ganador supera los 30 mil soles y la categoría más esperada es la altoandina. Comunidades campesinas bajan desde las alturas hasta la plaza principal para presentar números artísticos con música en vivo en quechua. Tinyas, guitarras, quenas y quenachos marcan el ritmo. Asimismo, las coreografías representan lo que producen y cosechan durante el año: tunas, paltas, lúcumas y más. A veces, incluso, hay demostraciones de Takanakuy: manifestación cultural que simboliza lucha, justicia y reconciliación a través del enfrentamiento ritual con huaracas. Una puesta en escena con identidad de principio a fin.

Guiños festivos
Toda fiesta necesita un personaje que cargue con los excesos. En Ayacucho, ese rol lo cumple el Ño Carnavalón. Luis Carlos Ariste, artista del colectivo Killinchu, fue este año uno de los encargados de darle forma al muñeco de más de cinco metros que da apertura a la festividad. “Nos ha tocado la suerte de elaborar al Ño Carnavalón, una tradición que se mantiene viva desde los años 60”, explica.
La construcción es casi artesanal: carrizo, papel craft, madera, pintura especial para soportar la lluvia y telas que adornan al personaje. “Es una responsabilidad encargarse de esta alegoría, porque marca el inicio del carnaval”, dice Ariste a Somos, minutos antes de que su creación pasee por las principales calles de Huamanga.

Este año, el muñeco hizo referencia al cineasta ayacuchano Lalo Parra, y su papel finalizó el Miércoles de Ceniza, al ser “juzgado” en la Plaza de Armas de Huamanga, frente a la catedral, acusado en una representación artística y burlesca de todos los desajustes cometidos durante los carnavales. El ciclo se cierra hasta el próximo año.
Más allá del carnaval
Reducir Ayacucho a su carnaval sería quedarse solo con vistazo de su gloriosa historia. Francisco Meléndez lo resume sin titubeos: “Más allá de los carnavales, el que es peruano y no conoce Ayacucho, no es peruano. Este es nuestro altar de libertad, nuestro punto de partida”, defiende.

Ayacucho es también memoria de lucha y entrega. Es el inicio de la historia republicana y territorio de artesanos que han convertido la devoción en arte. En Quinua, conocido como pueblo de los artesanos, los talleres mantienen viva la tradición del retablo, esa caja de madera alabada en todo el mundo, que narra escenas religiosas, festivas y cotidianas con minuciosa paciencia.
Y más allá, en parajes como las cataratas de Sirenachayoq, el bosque de puyas de Raimondi de Titankayocc y las aguas turquesas de Millpu, la naturaleza ofrece otra forma de celebración, tan contundente como silenciosa: un plan ideal para los amantes del trekking.

“Ayacucho no es solo un destino festivo; es historia viva, cultura, naturaleza andina, gastronomía con identidad y hospitalidad genuina. Estos atributos permiten posicionarla como un destino atractivo y competitivo durante todo el año”, reflexiona María del Sol Velásquez, directora de Promoción de Turismo de Promperú.

El carnaval, entonces, no es una excepción en el calendario: es una puerta que se abre para conocer un destino que va más allá de su jolgorio. Entre talco, quenas, ponchos heredados y muñecos que cargan con culpas colectivas, Ayacucho canta su historia, esperando ser escuchado. //

