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Entre 2005 y 2016, Adrián Portugal se convirtió en un asiduo visitante de Agua Dulce. Pero no llevaba sombrilla ni flotador, sino una cámara de fotos. Fueron muchos los veranos en los que se obsesionó con la playa más concurrida de Chorrillos, de Lima y de toda la costa peruana. “Me cautivaron varias cosas —cuenta—. Al comienzo fue el caos, la atmósfera de fiesta, la sensación de que ahí todo era posible. Luego, la sensación de libertad de mostrarse y hacer lo que cada uno quisiera”.
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De esas excursiones bajo el implacable sol quedan las fotos: ropas de baño chirriantes, sudores ocultos por el agua del mar, pieles tatuadas, bikinis osados, extravagantes fondos móviles que utilizan los fotógrafos (como él) para trasladar a los bañistas a paisajes impensados: selvas frondosas, cruceros de lujo, un Machu Picchu imponente. Y son esas imágenes las que conforman el fotolibro “Agua Dulce”, publicado en Argentina hace un par de años y ahora reimpreso por primera vez en el Perú. Esta nueva entrega incluye una nueva portada y, además, un prólogo del artista y gestor cultural Christian Bendayán.

“Revisando imágenes y la sensación que me dejaba un día de playa ahí, me di cuenta de que junto con la libertad y la fantasía, es muy importante la idea de comunidad —explica Adrián en conversación con Somos—. En una ciudad como Lima, donde hay tanto clasismo y racismo, este lugar es lo opuesto: un espacio donde la gente sabe compartir en armonía y donde es posible ser feliz en comunidad, una utopía que parece imposible en la capital”.
Por eso, Portugal discrepa de esa idea que señala, con extraña convicción, que Lima es una ciudad “que vive de espaldas al mar”. “No estoy de acuerdo con ello. Junto con toda la gente que va a esta y otras playas, está el largo malecón con jardines; ahí mucha gente va a mirar el mar. Hay mucha calma y belleza en los atardeceres, cuando cientos de personas se sientan a contemplar cómo atardece. Dentro de una ciudad tan caótica, desordenada y con tanta violencia como Lima, este espacio de playas y malecones es un gran alivio, un escape al que mucha gente va a sentirse mejor”, afirma.
Prohibido ingresar
Curiosamente, casi a la par del lanzamiento del libro “Agua Dulce” llegó un inédito cierre de la popular playa. El domingo 15 de febrero, la Municipalidad de Chorrillos dispuso su clausura temporal como medida correctiva ante el alto nivel de contaminación y suciedad que suele afectarla. Según información difundida por la propia comuna, cada fin de semana se recolectan entre 12 y 20 toneladas de residuos en las concurridísimas playas chorrillanas.

Tras ese atípico domingo con una Agua Dulce vacía y silenciosa, los resultados saltaron a la vista: las aves marinas tomaron la orilla y reemplazaron a los miles de bañistas en una escena por demás peculiar. Aun así, el asunto es controversial: ¿hasta qué punto pueden las autoridades prohibir el acceso a una playa pública? ¿Puede convivir la desbordante vivacidad de los playeros con el cuidado debido de su arena y sus aguas?

“Creo que el cierre es como un castigo a la gente, y no creo que esa sea una buena solución —opina Portugal—. Es cierto que mucha gente solo reacciona cuando la castigan, y cambiar el hábito de botar la basura es un asunto de educación, pero debe ir acompañado de herramientas creativas para modificar un mal hábito. Nunca he visto una buena campaña de comunicación al respecto. Las autoridades deberían trabajar en ello también; es su deber”.
Este domingo 22, Agua Dulce volverá a recibir a su gente, pero nada garantiza que, si no se aprende la lección, se vuelva a restringir su acceso. Quererla también implica cuidarla. Una bolsita para recoger la basura no le hace daño a nadie. Que el chapuzón sea responsable.//
