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Es como un virus en el espacio, una epidemia de moho blanco, que aparece todos los años. Uno entra a una cafetería o a un consultorio o a un restaurante y antes de sentarse, puede ver las figuritas de fantasmas, de calaveras, muñequitos de bocas anchas, muecas, huesos, esqueletos enteros sonriendo con cierta pálida arrogancia. Es una fiesta infantil de los muertos que supone una celebración del miedo.
Entro a la agencia de un banco y me encuentro con nubes de hilos blancos. De ellos cuelgan brujas con escobas, demonios con ojos encendidos, fantasmas jactanciosos y felices. Es un espectáculo abrumador, con el que uno puede perder la sensatez. Trato de controlarme.
Con una impertinencia habitual en mí, converso con un funcionario al que no conozco, y le pregunto por qué diablos siguen una festividad ajena a nosotros, que solo busca infantilizar una fiesta como la de Todos los Muertos. Y además, agrego, lo que debían estar celebrando es el Día de la Canción Criolla. El hombre me sonríe con una amabilidad profesional (advierto un dejo de compasión hacia quien considera un adulto mayor y cascarrabias), y me contesta que está de acuerdo conmigo. Son las órdenes de la central, observa. Qué vamos a hacer. Luego agrega: “Pero yo también prefiero celebrar el Día de la Canción Criolla”. Le digo que en vez de esas brujitas debían tener aquí y en todas las agencias las fotos de Óscar Avilés, del ‘Zambo’ Cavero y de Chabuca Granda y de Susana Baca. Él me sonríe con paciencia. Bueno, pues. Es lo que hay, filosofa. Bueno, que seguir con lo que vine a hacer al banco y olvidarme de las calaveras.
La razón por la que uno se siente perdido en esta jungla de redes blancas y fantasmas flotantes es la fiesta de origen celta. El Samhain se celebraba entre el 31 de octubre y el 1 de noviembre. Marcaba en el hemisferio norte el fin de la época de las cosechas y el comienzo del invierno. Era un modo de enfrentar, por lo tanto, una estación de clima helado, vinculado con la enfermedad y la muerte. La noche del 31 en concreto señalaba el umbral en el que los muertos podían venir a la tierra. Por eso los antiguos celtas buscaban usar máscaras y hogueras que espantaran a los espíritus. Esta creencia que tiene unos tres mil años de antigüedad se conocía como All Hallows Eve, es decir la víspera de todos los santos. Ese nombre se convirtió en Halloween. Luego en el siglo VIII, el papa Gregorio fijó el 1 de noviembre como Día de Todos los Santos. Era un modo de enfrentarse a las fiestas paganas. También apareció la costumbre medieval de los niños que iban de puerta en puerta pidiendo pastelillos (soul cakes) a cambio de rezar por los difuntos parientes de la casa. Esas tradiciones fueron llevadas a Estados Unidos por los inmigrantes irlandeses y escoceses que encontraron en las calabazas un recipiente para sus celebraciones encendidas.
Pronto veremos otras muestras absurdas de una alienación típica de cada fin de año. Importados sin más del invierno del hemisferio norte, los trajes de Papa Noel vestirán durante horas a algunos señores que van a sudar con los calores del fenómeno de El Niño. Para ellos serán unas Navidades ardientes. El interés comercial de todo este tinglado es parte de nuestro culto a las formas del exterior. Mejor celebrar a Niño Manuelito. Quizá algún día.
