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Restringir una porción de la vida de un artista al marco exacto de una década puede parecer una decisión arbitraria, antojadiza, de calendario. Pero en el caso de Paul McCartney, esa fotografía es precisa y muy significativa. De 1970 a 1980, el músico vivió probablemente la etapa más agitada y cambiante de su existencia. Y eso es lo que retrata “Man on the Run” (traducido como “Un hombre a la fuga”), reciente documental dirigido por Morgan Neville.
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Su arco narrativo va de 1970 –año de la ruptura de The Beatles– hasta 1980 –el del asesinato de John Lennon–. Y en el interín destaca la aventura solista de McCartney, primero al lado de su esposa Linda y luego conformando el grupo Wings. Es en torno a eso que gira esta historia: el complejo distanciamiento de Paul de la banda más exitosa de todos los tiempos y su búsqueda de una autonomía artística que no fue natural ni inmediata.
Porque si hoy existe algo así como un consenso en que McCartney fue el que mejor carrera hizo de los Fab Four, sus primeros años en solitario apuntaban a ser todo lo contrario: las críticas a sus primeros discos fueron furiosas (incluso al magnífico “Ram”, reivindicado recién con el paso del tiempo); los comentarios de Lennon hacia él no fueron para nada amigables, sino más bien cargados de celos y rencores producto de una ruptura demasiado fresca; y la respuesta del público y la prensa especializada fue fría y hasta desdeñosa.
No contamos otros factores más personales (un par de detenciones por posesión de drogas, algunos problemas económicos, su aislamiento en una granja en Escocia, y hasta el curioso mito sobre su muerte). Pero pese a todo ello, el documental de Neville muestra cómo McCartney supo imponerse a toda esa adversidad. Quizá el lanzamiento de “Band on the Run” –su álbum más popular y alabado– fue el gran punto de quiebre para la remontada personal y profesional, y para una serie de reconciliaciones (con los ex-Beatles, con la crítica, con sus fans).

“Man on the Run” relata toda esta épica con abundantes imágenes inéditas, rarezas periodísticas y tomas domésticas, ensambladas mediante un excelente montaje que no da lugar a distracciones. Incluso los testimonios incluidos, que permiten articular la narración, se presentan aquí como meras voces que acompañan a la imagen: pese a contar con entrevistas a figuras ilustres –Mick Jagger, Chrissie Hynde, Sean Ono Lennon, entre otras–, el director prescinde del formato ‘talking heads’ (casi un lugar común del género documental) y en su lugar prioriza el poder del archivo fílmico.
El cierre de la película, con la ya mencionada tragedia que terminó con la vida de Lennon, es de una ambigüedad conmovedora: allí tenemos a un Paul sacudido por la noticia, pero al mismo tiempo a alguien que ha consolidado su independencia creativa y su paz personal. Los dos aspectos conviven en un mismo hombre que luego continuará haciendo historia.
