Natalia Lafourcade vuelve al Perú en su etapa más íntima: “Ya no hay espacio para lo que no es relevante” Rodrigo Fernandini abre su primer restaurante en Lima: “Para esto he entrenado toda mi vida” “Un impacto visual innegable”: nuestra crónica (antes del estreno) del show de Soda Stereo con un Gustavo Cerati en formato digital No importan los vaivenes profesionales —si es el cine, la música o la televisión—, a Giovanni Ciccia (54) los caminos siempre lo han conducido de regreso al teatro. Desde que se hizo actor en 1994 con su grupo de estudiantes del Club de Teatro de Lima, en la obra “El tartufo”, las tablas han formado parte de su identidad. Todo lo que vino después —las películas, las novelas, las giras musicales— han sido felices accidentes que le recuerdan la ética con la que suele abordar la vida: “Nosotros hacemos las cosas según nos salen de las tripas; nunca nos preguntamos si están bien o están mal, si van a gustar o no”, dice desde el Teatro Municipal de Surco, que a estas alturas es casi su oficina. Aquí lo encuentras dirigiendo la obra “Madres” o ensayando “Esperando a Baltasar”. Son días ocupados. MIRA: San Bartolo: las familias centenarias y los nuevos vecinos que dejaron Lima para encontrar el refugio perfecto frente al mar Para Ciccia, como para cualquier persona de su generación —la que creció entre las colas y los carros-bomba—, hacer muchas cosas a la vez es un instinto. Un mecanismo de supervivencia. La idea de ser actor y morirse de hambre nunca lo asustó. “Mi generación es la del ‘no futuro’, la que hacía las cosas por sí misma, porque, haciendo cualquier cosa, te ibas a morir de hambre igual. Era mejor hacer lo que te gustaba”, asume. Con ese mismo ímpetu tomó este año una decisión que pocos en su lugar tomarían. Puso en pausa su participación en la exitosa “Al fondo hay sitio” para volver a sentirse un poco libre, un poco punk, rodeado de proyectos nuevos que lo cautivaban de otra forma. El esfuerzo de hacer televisión diaria es titánico. “Prácticamente todo el día hay que estar a disposición de la producción”, explica Ciccia, suspirando, como si recordara ese agotamiento. Así que pidió chepa y la producción encontró la solución perfecta: su personaje Diego Montalbán no se despide, huye al enterarse de que su mejor amigo, con quien tenía cuentas pendientes, había salido del coma. “Digamos que mi personaje está ahorita como un fugitivo”, dice Ciccia, con una sonrisa que sugiere que hay más de lo que puede contar. La puerta, en todo caso, quedó abierta. Con más tiempo de su lado, Giovanni dirige los ensayos de la obra “Esperando a Baltasar”. En ella vuelve a reunirse con dos actores que, a estas alturas, son algo más que colegas. Con Óscar López Arias la historia viene de lejos: han compartido escenario desde 2008 en un sinfín de obras como “El mentiroso”, “La chunga” y varias producciones más. Con Renzo Schuller el vínculo es todavía más difícil de categorizar. El mismo año en que hicieron su primera obra juntos, 2004, Renzo fue quien ofició su matrimonio. “Tenemos un vínculo tan estrecho”, dice Ciccia, y la frase queda suspendida, como si las palabras no alcanzaran del todo. Que estos dos le hayan propuesto dirigirlos en una comedia de dos actores era una invitación que no podía rechazar. El precio de ser actor Para entender al Giovanni de hoy hay que volver a los noventa. Hay un momento que él identifica como un punto de no retorno: cuando conoció la fama. O la infamia. Sucedió en 1997, al aceptar participar en “No se lo digas a nadie”, la adaptación de la controvertida novela de Jaime Bayly. La convocatoria tenía dos imanes imposibles de ignorar: Pancho Lombardi dirigiendo —para él, el mejor cineasta peruano— y un guion en el que creía profundamente. “En ningún momento lo pensé como trampolín”, dice. “Creía mucho en el guion, quería hacer un buen trabajo”. Lo que no calculó fue el precio. Lima en 1997 quizá no estaba lista para un romance homosexual en pantalla grande, y Ciccia pasó del anonimato relativo a ser insultado en la calle. “Me decían maricón, coquero, desperdicio de hombre, asqueroso. Hasta en la cola del banco me gritaban cosas”, relata. No recuerda haber respondido. Cuando llegó “Tinta roja”, tres años después, sus ‘haters’ se quedaron callados y solo conoció elogios. Esa misma lógica —la de hacer sin calcular— explica también Chabelos, acaso la cosa más impensada que le ha pasado en la vida. A mediados de los noventa, los actores Giovanni Ciccia, Sergio Galliani y Paul Vega empezaron a juntarse en la sala de sus casas para tocar. Los animaba el punk chonguero, las ganas de hacer ruido, y ninguna pretensión de que alguien los escuchara algún día. “Una propuesta cien por ciento artística, sin ninguna proyección”, recuerda Ciccia. El primer disco era casi puros covers, con apenas tres canciones propias, y al mismísimo Giovanni le daba algo de vergüenza. Hoy, a la distancia, lo escucha diferente. Veinticinco años, siete discos y cien mil oyentes mensuales en Spotify, Chabelos se prepara para tocar en Milán, París, Barcelona y Madrid. “Si me lo hubieras planteado hace 25 años, te habría dicho que me estás tomando el pelo”, confiesa. Estos días lo tienen a Giovanni entre la adrenalina de los nuevos proyectos y una calma zen recién descubierta. Ya casi no sale, no toma y su mayor felicidad a la hora de dormir es imaginar cuál será su desayuno al día siguiente. No tiene Instagram activo, no graba lo que come, no informa a nadie dónde está. “¿Por qué tienes que grabar todo lo que haces?”, pregunta con genuina perplejidad. Su representante a veces lo reprende: le pide números, métricas, que genere contenido. Él encoge los hombros. Lo que más le preocupa no es un algoritmo. “Veo actores que se dedican a promocionar cosas en sus redes y lo que menos veo que