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¿Qué motiva a un director argentino a movilizar su obra hasta Perú? Aun con el ímpetu artístico y algunas visitas previas —para ver a Osvaldo Cattone o montar proyectos con elencos locales—, Ricky Pashkus responde esta vez desde el contexto. “Pensar en giras moviendo elencos grandes por avión es difícil en Argentina, que está pasando por épocas económicas complicadas”. A partir de esa limitación, y de un momento distinto en su carrera, se concreta la llegada de “La Ballena” al Teatro Canout.
Esta vez el director no viaja solo. Lo acompaña el actor Julio Chávez, quien dará vida a la historia de Charlie, un profesor de literatura recluido en su departamento. Con un diagnóstico que pronostica su pronta partida, intenta recomponer el vínculo con su hija adolescente, a quien mantuvo a distancia durante años. La obra transcurre en ese espacio cerrado, donde cada visita —una enfermera, un joven creyente, la propia hija— expone tensiones acumuladas, culpas y la urgencia de decir algo antes de que sea demasiado tarde.

“Nace como un deseo de que mi amigo Julio Chávez tenga un material no dirigido ni escrito por él”, revela Pashkus. A eso se suma una búsqueda personal. Acostumbrado al teatro musical, esta vez se enfrenta a otro registro. “Nunca he trabajado un material de esta manera; lo he hecho, pero más cerca de la comedia, es algo importante para mí hacerlo”.
El equipo llegará desde Buenos Aires después de una temporada exitosa, sin embargo, la escenografía se construirá de forma local. “Es la misma, pero adaptada a la medida del teatro”, precisa el director. El Canout impone condiciones: un escenario más ancho, sin telón de boca ni bastidores tradicionales. La casa del personaje principal —donde transcurre toda la obra— ya no ocupa el escenario completo, sino que se instalará dentro de un ambiente mayor. Los bordes se resolverán con iluminación, abriendo laterales que amplían la acción sin romper la sensación de encierro.
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Pashkus llegará cuatro días antes para supervisar el montaje; Chávez, un día antes del estreno. Para entonces, todo estará definido: posiciones en escena, tiempos de diálogo, cortes de luz. No hay margen para pruebas extensas. Los ajustes serán precisos: un foco bien colocado, la distancia exacta para que la voz alcance la sala, la verificación de que el ritmo se mantenga según el guion original. Hay, sin embargo, decisiones puntuales: algunas adaptaciones a la idiosincrasia latinoamericana y un mayor desarrollo del personaje de la amiga enfermera.

Gestar La Ballena
“Tengo que aceptar que mi vida no va a ser muy emocionante”, le confesó un alumno a Samuel D. Hunter, creador de “La Ballena”. Tenía 30 años y ya conocía bien lo que era vivir de esa forma. Su mente había traducido la depresión en un hambre insaciable y en noches frente al espejo donde se reconocía como un hombre gordo, poco atractivo y homosexual. Por las tardes dictaba clases en la Universidad de Rutgers, y repetía al ingresar: “No tienes idea de cómo escribir un buen ensayo”. Un día cambió la rutina y propuso un ejercicio distinto: escribir un texto honesto. Al leer esa frase de su alumno, todo cambió, y así, empezó a gestarse esta obra.
Ese origen no se diluyó con su paso al cine. La versión protagonizada por Brendan Fraser amplificó la historia y la llevó a un público mayor, pero también la trasladó a otro lenguaje. En teatro no hay cortes ni primeros planos. Todo ocurre en continuidad. El actor no puede apoyarse en la edición ni en la cámara: sostiene la escena de principio a fin. “Nada de esto será fácil”, remarca el director.

En ese contexto, el proceso de Chávez comienza antes de pisar el escenario. La transformación arranca con el fat suit, al que se suman capas de prótesis y una base de maquillaje que unifica el cuerpo. Luego vienen los detalles: piezas adicionales, ajustes y tiempos de secado que no admiten apuro. No es un trabajo individual. Una persona especializada viaja exclusivamente para encargarse de ese proceso. Recién entonces aparece Charlie.
La obesidad está presente desde el inicio, pero no define la obra. Pashkus lo plantea con claridad: “Más allá de un hombre mórbido, es una historia de amor entre un padre y su hija”. El resto aparece en los diálogos, en lo que se dice y en lo que se evita. “En Buenos Aires hay una sensación de que hemos avanzado en temas como la identidad sexual y los cuerpos. En apariencia, sí; en la realidad, no lo hemos hecho”, concluye.
