Néstor García Canclini: “La IA crea la ilusión de estar beneficiados” “La América de Trump se acerca cada vez más a ‘El cuento de la criada’” Luis Solano: “Está bien juzgar los libros por la portada” Si la historia pudiera entenderse como una pieza textil, la del Perú sería un tejido de una complejidad técnica y belleza asombrosa, pero atravesado por rasgaduras profundas, zurcidos a la vista y flecos inacabados. Para la lingüista e investigadora Cristina Gutiérrez, desde tiempos prehispánicos, el textil no fue considerado solo un objeto suntuario o decorativo; era, fundamentalmente, un texto. Un sistema de códigos que, a falta de una escritura, servía a los antiguos peruanos y peruanas fijar su cosmovisión, da cuenta del poder de quien los viste y transmitir la memoria de generación en generación. Sin embargo, como afirma en su libro “Textil: Mujeres de poder en los Andes Centrales”, en algún punto de nuestro proceso republicano perdimos la capacidad de leer aquellas fibras. MIRA: El manuscrito de una amistad Jugando con la célebre interrogante de Vargas Llosa, nos preguntamos cuándo se destejió el Perú. Para la especialista, miembro de la red de investigadores del Instituto Riva Agüero de la PUCP, la respuesta no apunta a la Conquista, sino a un hito más reciente y paradójico: el proceso independentista: “Fue la República, con criollos españoles radicados en el país, la que se apropió de la nación”, afirma Gutiérrez. Según su ensayo, mientras la Colonia supo respetar ciertas instituciones indígenas como el cacicazgo para mantener el orden social, fueron los doscientos años de vida republicana los que profundizaron la marginación indígena, sumado a ello la penetración de la industrialización. Y en este contexto de exclusión, el textil surgió como un acto de silenciosa resistencia. “Cada vez que pienso en el textil y cómo se ha conservado en sus ámbitos, lo veo como una forma de resiliencia”, explica la directora de la Asociación Cultural Textil del Perú. Para ella, los textiles realizados en su mayoría por tejedoras, además de vestir sostienen una identidad que un Estado oficial no logró deshilachar. Una madeja sagrada En su trabajo, Gutiérrez da cuenta del choque de concepciones sobre el valor de los textiles entre el pensamiento europeo y el indígena. Para los primeros, el tejido era una mercancía; para el andino, proceso y resultado era intrínsecamente sagrados. Para ella, un dato histórico ilustra esta brecha: cuando los españoles avanzaban sobre nuestro territorio, el Inca no ordenó quemar tambos donde se depositaba la comida —lo que habrían servido a los conquistadores— sino aquellos que guardaban los finos textiles. Ese era el verdadero tesoro. En el mundo inca, eran las acllas, las “vírgenes del sol”, las encargadas de producir los tejidos de mayor finura, destinados en exclusividad al Inca. De sus telares aparecían los ‘tocapus’, prendas donde se desplegaban los íconos geométricos que daban cuenta del poder del imperio. “Occidente piensa que sin la escritura un pueblo no es civilizado. Y no es verdad. Hay miles de fórmulas para comunicarse. En el Tocapu estaban los signos que representaban la historia del inca y la manifestación de su poder. Sus signos son ideogramas, no está demostrado que sean escritura. Pero sí pienso que ya se estaban elaborando fórmulas más complejas de expresión, la formulación de signos con un contenido capaz de verbalizar para ser transmitido a través del uso común”, afirma la investigadora. Con la muerte de la última aclla, ese sistema de comunicación se interrumpió, dejando tras de sí un código que hoy los investigadores intentan descifrar con rigor detectivesco, como por ejemplo Andrew James Hamilton, curador del Art Institute of Chicago, invitado a Lima el año pasado por la asociación que Gutiérez dirige. “Lo interesante de su trabajo es que está libre de la mentalidad colonial. Su trabajo tiene otra visión, lejos de la académica colonial. Los mayores investigadores del textil peruano son extranjeros. Acá no encuentras cinco arqueólogos especializados en textiles”, afirma. Guardianas de la memoria A lo largo de la historia prehispánica, el rol de la tejedora fue mutando. Si en tiempos Moche existían diosas del telar como Chornancap, que compartían el panteón con divinidades masculinas, en el Incario la mujer fue relegada a un lugar secundario. Sin embargo, fue precisamente en ese repliegue donde la mujer se refugió en sus saberes técnicos. Y si bien con la llegada de los obrajes coloniales y la introducción de nuevas tecnologías la producción textil cambió, fueron las mujeres quienes, desde lo doméstico a decir de Gutiérrez, mantuvieron viva la tradición originaria. La investigadora recuerda su propia infancia en San Pedro de Lloc, viendo cómo los manteles y servilletas de algodón, producidos de forma preindustrial en Cajamarca, resistían el avance de los productos fabriles de Lima. La amenaza del presente El libro transita también por los hitos que pusieron al textil peruano en la vitrina contemporánea. Desde los mercados artesanales surgidos para atender la demanda del turismo en los años 70, pasando por aquel momento icónico cuando la princesa Diana de Gales fue fotografiada vistiendo una cusqueña chompa de alpaca. “Eso significó un repunte de las ventas”, recuerda. “En los años 80 ya había organismos no gubernamentales interviniendo en grupos de artesanas, y les propusieron hacer chompas y ponchos con la técnica de tejido con palitos. Era una época de exotismo, la gente comenzaba a viajar y les gustaba traer cosas de fuera. ¿Quién llevó la chompa a la princesa Diana? No lo sabremos jamás, pero puso al país en vitrina. A partir de ahí, chompas y ponchos entraron a formar parte del atuendo internacional”, explica. Hoy, sin embargo, la celebrada resiliencia que ha caracterizado al tejido peruano enfrenta un nuevo golpe, advierte Gutiérrez: la invasión de fibras sintéticas y colorantes químicos, sumada a la competencia de mercados masivos como el chino. Para la investigadora, el futuro no es alentador si no se logra integrar esta sabiduría milenaria con el lenguaje de la moda contemporánea. » Para eso están las diseñadoras y los diseñadores de moda, para crear un nuevo lenguaje