El hijo de carpinteros de Villa El Salvador que estudiará ingeniería aeroespacial en Michigan Tren bala de China: ¿cómo es viajar a 440 kilómetros por hora y cruzar un continente en apenas 4 horas? Mafe sin R, el nuevo rostro de Zaca TV: “No me molesta cuando alguien pregunta quién soy” Puede que el tránsito entre 2025 y 2026, con el enorme éxito de “El agente secreto” —la película protagonizada por Wagner Moura que consiguió cuatro nominaciones al Óscar—, sea el que más notoriedad le haya dado a su director, Kleber Mendonça Filho (Recife, 1968). Sin embargo, el brasileño lleva ya una importante carrera compuesta por cinco largometrajes y varios otros cortos que lo encumbran como el cineasta más laureado de su país en la actualidad. Pero no son los premios los que lo definen, sino su singularidad: la filmografía de Mendonça Filho resalta por su inventiva formal, una gran habilidad narrativa, mucho sentido político y una inocultable cinefilia. Sus personajes pueden parecer seres comunes, pero casi siempre se enfrentan a realidades hostiles con coraje y valentía. Y es en ese choque áspero que el director encuentra sus motivos: la resistencia, los afectos, la celebración de la vida. MIRA: Ariana Bolo y el éxito del Team Bolo: “Si te dijera que todo ha sido color de rosa sería mentira” Habitual presencia en el Festival de Cine de Lima PUCP, donde sus películas han obtenido varios premios, Kleber será el gran homenajeado internacional de la edición que ya comenzó hace un par de días. A propósito de dicho reconocimiento, conversamos virtualmente con él desde Lisboa. ― Hasta ahora, en ninguno de tus largometrajes has salido de Recife, o de Pernambuco. ¿Has pensado en hacerlo? ¿Qué sientes que podría faltarte para conseguirlo? Para mí es muy natural hacer una película en un espacio, en una ciudad. A veces me he preguntado si es un tipo de perversión, pero no creo. Hay muchos ejemplos en la historia de cineastas que casi nunca cambiaron de escenario. Hay tantas películas en Nueva York de Scorsese, Spike Lee, James Gray o Woody Allen. O de Almodóvar en Madrid. Pero también soy muy curioso sobre hacer una película en otro país, por qué no. Lo que pasa es que hasta ahora no ha ocurrido. Estoy siempre con los ojos abiertos para encontrar un proyecto de película en Los Ángeles o en Londres. O en Burdeos, una ciudad que me gusta mucho. Cuando mis amigos de París me escuchan decir eso, me preguntan por qué allá. Ellos sienten que París es la primera candidata, pero yo tengo una relación más fuerte con Burdeos. No es una cuestión matemática, es una cuestión de sentimiento. ― ¿Y cómo es tu relación con Recife? Hay gente que habla de amor-odio, otros hablan de nostalgia. ¿Tú cómo la describirías? Es una relación muy íntima. Creo que las mejores cartas de amor no solo están llenas de amor, sino también de otros sentimientos. Puede ser odio, puede ser distancia, puede ser desprecio. Y creo que las películas también están llenas de amor, pero a la vez de miedo, de violencia, de humor. Porque muchas cosas en Recife no siempre son buenas. La utilización del espacio urbano, por ejemplo. Ninguna ciudad es perfecta. Nueva York no es perfecta. Burdeos no es perfecta. No me interesa crear una postal al hacer una película, no me parece interesante. Lo que sí me parece muy interesante es que películas como “Aquarius” o “Retratos fantasmas” o “El agente secreto” provoquen, en muchas personas que nunca visitaron Brasil, una curiosidad muy grande por conocer Recife. Y no se trata de turismo o de postal, sino de una verdad: esta ciudad tiene algo que es interesante. Eso es algo que puede conseguir el cine con su forma de encuadrar los espacios. Recuerdo mi primera vez en Los Ángeles, en 1991. Yo tenía 20 o 21 años, y fue como si ya conociera la ciudad, gracias a todas las películas que había visto. Esa es una sensación que solo el cine puede lograr. La película que acabo de ver aquí en Lisboa (“Rolling Thunder”) ocurre en Texas, pero Texas para mí es Sam Peckinpah, los westerns, el Panavision y el Cinemascope. Tengo una imagen muy clara en mi cabeza que viene del cine, aunque nunca he estado en Texas. ― Quiero hablar un poco de tus cortometrajes. A mí me gusta mucho en particular “Vinilo verde” y siempre pensé que podrías hacer un muy buen largometraje de terror. ¿Lo has pensado? Sí, me gustaría. Pero algo que suelo decir es que para mí no existen las fronteras en el cine. No trabajo con los límites del drama, de la comedia o del terror. Me gusta mucho hacer una película que no sea oficialmente de terror, pero que lo posea, que puedas sentir el miedo en la piel. En “O Som ao Redor”, en “Aquarius”, en “Bacurau” o en “El agente secreto” hay momentos de terror. Creo que “Vinilo verde” es donde más se siente porque es la adaptación de una fábula soviética, ucraniana, y tiene elementos fantásticos. Pero la vida, el cine, la literatura tienen siempre momentos de fantasía, momentos en que las reglas quedan suspendidas. Ahora todo puede ser terror. Para mí, como director y como espectador, es uno de los sentimientos más increíbles que puede tener el cine. Pero me gusta más hacer películas que sean difíciles de poner en cajas o etiquetas. ― Otro corto documental interesante es el de la Copa del Mundo en Brasil, el 2014, que también se jugó en Recife. ¿Te incomodaba mucho cómo se celebró el torneo en tu ciudad? Tuve la oportunidad increíble de estar en la copa de 2014 haciendo ese pequeño proyecto sobre fútbol. Y ese cortometraje me gusta mucho porque es como una cápsula del tiempo de mi ciudad, de Brasil, de ese emprendimiento económico gigantesco que es la copa de la FIFA. Para mí siempre fue como si una gran multinacional hubiese llegado a Recife ese año,