Sarah Bernhardt, la diva que cobró una fortuna en soles de plata para presentarse en el Perú y paralizó la capital tras la guerra con Chile

Diva de actividad eléctrica. Actriz extraordinaria, viajera, pintora, escultora, autora de libros y dramas, crítica de arte, domesticadora de tigres y experta en dar bofetadas. Aparentemente frágil, encantadora hipocondríaca, neurótica sin freno. Los primeros rumores de una posible visita al Perú de Sarah Bernhardt (cuyo nombre natural, Henriette-Rosine Bernardt, resulta más bello que su seudónimo), comenzaron a circular a fines de setiembre de 1886, cuando había iniciado una extensa gira por América. Muchos pensaron que en nuestra capital, que se recuperaba aún de la invasión chilena, sería imposible pagar los honorarios de la diva y su elenco de cuarenta personas.

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Sin embargo, Peter Bacigalupi, empresario del teatro Politeama, pensó que ver actuar a Sarah valía el precio. Y como cuenta el historiador Héctor López Martínez, contactó cablegráficamente con ella en Chile para contratarla para una temporada de dos semanas en noviembre de ese año. De inmediato se abrió el abono para seis funciones y, en apenas dos días, se agotaron los palcos y casi toda la platea. El 9 de noviembre, El Comercio informaba que lo recaudado ascendía hasta entonces a 10.260 soles de plata.

Sarah Bernhardt, la actriz más grande de la historia, se presentó en el teatro de Lima en el Perú de la Posguerra.

Sarah Bernhardt tenía entonces 42 años y estaba en la cima de su carrera. Era la figura del París de la Belle Époque. Su belleza, su célebre voz y dominio del gesto, así como sus extravagancias y caprichos la habían convertido en un mito. Llegó al Callao el 22 de noviembre, a las 8:30 a.m., a bordo del vapor Ayacucho. Un tren expreso, adornado con flores, con centenares de admiradores locales y de la colonia francesa, fue a aplaudirla hasta el puerto. Como apunta la edición de El Comercio del día siguiente, la actriz llevaba un equipaje compuesto de 165 baúles. El tren partió del Callao a las 10:35 de la mañana y media hora después estaba en Desamparados, donde enfrentó otro comité de bienvenida. La artista se alojó en el Hotel de Francia e Inglaterra, ubicado en la Plazuela de Santo Domingo. Dos días después, dio inicio a la temporada.

El Politeama a sala llena

Las estrechas vías que conducían al desaparecido teatro ubicado en la calle Sauce (actual cuadra 11 del jirón Lampa) estaban invadidas desde las siete de la noche. “El ruido de los carruajes hasta la hora del espectáculo era ensordecedor”, apunta el redactor de El Comercio. El estreno de “Fedora”, drama de Victorien Sardou, convocó al presidente Cáceres y su familia, además de ministros, parlamentarios, comerciantes y damas limeñas. Sobre la interpretación de Bernhardt, el cronista apunta: “Sus ademanes son veloces y sumamente naturales; su dicción clara, precisa, expresiva y bien acentuada. Pero lo que hay que admirar en ella son sus ojos. Si estos son el espejo del alma, pocas fisonomías podrían retratar con más intensidad y exactitud los sentimientos que luchan en su espíritu”. Al éxito de “Fedora” le siguió “La Dama de las Camelias”, de Alejandro Dumas (hijo); “Adriana Lecouvreur”, de Scribe y Legouvé; “Le maître de Forges”, de Georges Ohnet; “Fedra”, de Racine y, cerrando el abono, “Frou-Frou” de Meilhac y Halévy.

Bernhardt partió el 11 de diciembre de 1886. Un día antes, la Sociedad Francesa de Beneficencia le obsequió un joyero de carey con incrustaciones de plata labrada, además de dos frasquitos de porcelana japonesa. En el Callao, otra vez una multitud la acompañó hasta el vapor Serena, que la llevaría a Guayaquil. Luego siguieron Panamá, La Habana, México y Estados Unidos, según informaba puntualmente El Comercio. Fue aquella su única visita al Perú, pero marcó tan profundamente la capital que, cada vez que el cable traía sus noticias, los viejos aficionados al teatro evocaban con nostalgia aquellas dos semanas inolvidables cuando la Bernhardt estuvo entre nosotros.

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