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Paracas es un destino que tiene muchas cosas por decirnos. Solo hay que prestarle la debida la atención: es el murmullo de dunas infinitas bajo un sol que arde, o el suspiro del mar estrellándose contra los muros de rocas. De pronto, el paisaje se rompe: la costa emerge, abrupta y salvaje, tallada por siglos de mareas implacables. Los acantilados de arena rojiza se precipitan hacia el Pacífico y los vientos, vigorosos, dibujan remolinos en el desierto y nos hacen notar que este lugar está en constante movimiento. Más vivo que nunca.
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La escritora Josefina Barrón conoce bastante bien este ecosistema. “En el verano, pasaba los tres meses en Ancón, pero apenas llegaba el invierno, nos íbamos a pasar los fines de semana a Paracas”, cuenta la autora. Desde temprana edad, descubrió que esta enigmática bahía tiene dos personalidades. “Por las mañanas, es apacible, soleada, cálida. Pero por las tardes, los vientos son fortísimos y la marea crece, generando una sensación totalmente distinta, como si estuvieras en otra dimensión”, explica.

De esa época, una imagen que siempre evoca es la de sus padres llegando a casa enfundados en sus trajes de moto, llenos de barro y arena, tras subir y bajar por las sinuosas curvas de El Maldito, un pequeño cerro dentro de la Reserva Nacional de Paracas. “Tengo en la memoria a mi madre llevándome a pasear por el desierto. Yo chiquitita, de cuatro o cinco años, en el tanque de la moto, entre el timón y ella. Era una Kawasaki, si no me equivoco. Ambas íbamos bien agarradas del timón”, relata Josefina.

Junto a sus primos y hermanos jugaba a la búsqueda del tesoro, literalmente. “Nosotros de chicos salíamos a caminar por la orilla y nos metíamos a la reserva. Nos poníamos a cavar huequitos en la arena y encontrábamos pedazos de cerámicas de la cultura Paracas, o restos de caracoles fosilizados. Ganaba quien encontraba más cosas o quien encontraba cosas diferentes”, comenta.
Hoy en día, son esos recuerdos los que la han llevado a reconstruir la historia de Paracas: desde sus orígenes más primigenios hasta convertirse en ese puerto encantador, compuesto por una geografía llena de contrastes. “Paracas para mí es un mundo aparte, porque tú llegas y automáticamente te desconectas de todo. Es un momento para reflexionar, es un tiempo para mirar la naturaleza, para la contemplación, porque cada minuto del día hay un color diferente en la arena, en las dunas, en el cielo, en el mar. Todo cambia”.
Este 2025 es un año especial para Paracas por dos razones. La primera es porque se cumplen 50 años de la creación de la Reserva Nacional de Paracas, que alberga especies como el pingüino de Humboldt, el lobo marino y miles de aves migratorias, convirtiéndola en un refugio clave para la biodiversidad del litoral peruano. La segunda: los 100 años del descubrimiento de la cultura Paracas, un hecho que dio a conocer al mundo la tradición textil y las técnicas quirúrgicas que se empleaban en esta zona del Perú precolombino.

En este contexto único, Josefina Barrón ha elaborado una investigación que lleva por título “La geografía humana de Paracas”. “Voy a ponerme en el pellejo de aquellos que han vivido en diferentes etapas en Paracas”, afirma Josefina. “Comienzo desde la época prehistórica, cuando la cordillera de la costa se hunde desde Illescas hasta Nasca en un cataclismo hace 18 mil o 20 mil años, que da como resultado esta península. Por eso, esta zona está llena de restos fósiles, de ballenas y otras especies que habitaron este lugar hace miles de años y que la ciencia está dando a conocer”, complementa.
El viaje continúa con los primeros hombres que llegaron a esta zona del Perú provenientes de otros continentes, hasta llegar a la época precolombina, cuando se forma la cultura Paracas. Prosigue con su caída en la época incaica hasta llegar a la conquista. A partir de entonces, un vacío temporal nos lleva hasta el día en que Julio C. Tello descubrió esta civilización temprana del Perú antiguo hace cien años. “Esta zona era prácticamente inaccesible. En la época de la colonia, la gente llegaba a lomo de mula. Muchos de los primeros expedicionistas se perdían en el desierto”, narra Josefina.

A comienzos del siglo XX, nuevos viajeros llegaron: no eran pescadores ni nómadas, sino familias limeñas que, en busca de aire puro y horizontes nuevos, encontraron en esta costa un refugio de libertad. Fue en estas décadas primeras que la historia moderna de Paracas empezó a trazarse con líneas más firmes. La creación de la Empresa Administradora de Guano, hacia mediados de siglo, marcó uno de los grandes cambios: el desierto y sus islas, antes solo testigos de aves migratorias y lobos marinos, se transformaron en escenario de una incesante actividad económica.
“Hemos podido conversar con familias paraqueñas de toda la vida. Una de ellas es la familia Bellido, que formó parte de esta pequeña sociedad de, entrecomillas, aventureros. La matriarca nació en el segundo piso de la antigua estación de tren. He podido conversar con ella y se mantiene bastante lúcida, a pesar de tener 103 años. Es la última paraqueña que sobrevive de esa época”, nos dice Josefina. Estas y otras fascinantes historias las podremos encontrar en una publicación de gran formato y con imágenes a todo color que, según la autora limeña, espera presentar antes del último trimestre del año. //
