La marinera como ritual del amor: los secretos de una danza de seducción

La marinera, baile nacional del Perú, es una síntesis de historia, música y tradición que refleja el mestizaje cultural del país. Algo mágico ocurre cuando empieza a sonar: el tiempo parece suspenderse y las miradas, sonrisas y pasos construyen una tensión delicada, donde el cortejo se convierte en poesía y el amor en ritmo. Quienes la practican transforman el baile en un lenguaje emocional: cada gesto funciona como metáfora del deseo, la memoria y la vida cotidiana peruana.

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Sus orígenes se remontan a la zamacueca, danza popular del siglo XIX que con el tiempo se transformó en una expresión identitaria de diversas regiones, especialmente de la costa norte. Desde una perspectiva simbólica, el libro “La marinera: baile nacional del Perú” señala que “toda danza expresa —a través del movimiento del cuerpo— afectos y sentimientos”, pero que la marinera, en particular, “expresa la galantería y el enamoramiento”. En ese sentido, el diálogo entre los bailarines, mediado por el pañuelo, el juego de roles y la distancia corporal, crea una narrativa de seducción marcada por la picardía y el coqueteo.

Música, baile y encuentro. Una jarana criolla en Lima durante la década del 60, rescatada del archivo histórico de El Comercio.

Para Judith Colina, autora de “Vestida para danzar”, el enamoramiento no es un elemento accesorio de la marinera, sino su núcleo más profundo. “Eso es, en realidad, la esencia de esta danza”, le dice a esta revista. Colina plantea que la marinera nace como un ritual de conquista donde el cuerpo narra una historia de amor. Sin embargo, reconoce que el componente afectivo se ha ido diluyendo frente a la lógica de la competencia. “El baile de ahora, a todas luces, muestra una destreza física impresionante. Pero yo me pregunto: ¿a esa velocidad se puede amar o conquistar?”, reflexiona.

Presentación en el aniversario 50 del Concurso Nacional de Marinera, en Trujillo. Actualmente, se realiza en Lima y su última edición culminó el último domingo. (Foto: El Comercio)

Aun así, la también bailarina y campeona de marinera sostiene que la esencia de esta danza no se ha perdido del todo. “La marinera se revela cuando uno se abre a sentirla”, afirma. Para ella, el enamoramiento no ocurre solo en escena: también alcanza al público, que se conecta cuando lo que ve no es solo técnica, sino un relato que los remueve por dentro. Prueba de ello es que la marinera ha inspirado a generaciones de artistas peruanos, convirtiéndose en fuente de creación y en una forma recurrente de representar el amor.

Tradición en movimiento

La marinera no solo se baila: también se escribe, se pinta y se narra. En los versos de Victoria Santa Cruz, por ejemplo, esta danza aparece como una manifestación vital, ligada al orgullo, la herencia afroperuana y la celebración del cuerpo como territorio de resistencia y belleza. En su pieza “A la marinera limeña”, el baile se vuelve palabra y expresión colectiva, una manera de contar quiénes somos desde el ritmo y el sentir popular.

Victoria Santa Cruz era conocida por cantar y recitar versos que rescatan el valor, la fuerza y la belleza simbólica de la marinera.

Algo similar ocurre en las acuarelas de Pancho Fierro, ahí las escenas costumbristas del siglo XIX muestran a parejas danzando con pañuelo en mano, miradas cómplices y gestos de galantería en plazas, jaranas y fiestas. Más que un simple registro visual, sus imágenes funcionan como pequeñas crónicas del cortejo limeño: vemos cómo la marinera (en su versión más primigenia) aparece integrada a la vida cotidiana como ritual social. A través de su trazo, Fierro documenta una práctica cultural y captura, a su estilo, una manera de relacionarse, de seducir y de compartir sentimientos.

Acuarela de Pancho Fierro que retrata una zamacueca, danza popular originada entre los siglos XVI y XVII, y considerada antecedente directo de la marinera.

En el ámbito editorial, el libro “Pasito a paso” de Mario Testino trasciende la simple ilustración de la marinera para capturar su esencia más íntima y su celebrada elegancia. Testino plantea el volumen como “una aproximación diferente a la manera habitual en la que miramos la marinera”, resultado de un trabajo intenso que realizó tras pasar tiempo en Trujillo observando y fotografiando a quienes viven el baile desde adentro. Publicado en 2019, el proyecto tenía como objetivo retratar “el espíritu, la coquetería y la emoción que envuelven a la danza”, sostuvo el fotógrafo en entrevista con El Comercio.

Portada de “Pasito a paso”, libro de Mario Testino, una mirada fotográfica a la danza peruana y su herencia cultural.s

Estas obras —poéticas, pictóricas o narrativas— son, en el fondo, pruebas de amor de sus autores hacia la marinera.

ENTRE PAÑUELOS

Es importante escuchar las voces de quienes bailan para entender qué significa realmente esta tradición. Para Karin Meza, bailarina con casi cuatro décadas de trayectoria, la marinera no es solo una disciplina artística, sino una forma de vida que la acompaña desde la infancia. Vive en Virginia, Estados Unidos, desde hace veinte años, pero regresa al Perú exclusivamente para participar en el Mundial de Marinera. “Es una historia que tienes que transmitir para que los demás vean esa conexión. No es solo hacer pasos, es interactuar; es como invitar a alguien a salir, seducirlo y acercarte poco a poco”, explica.

Guillermo Suero, su pareja de baile, no recuerda con exactitud por qué entró a una academia, pero sí el momento en que quedó atrapado. Tenía pocos años cuando escuchó por primera vez una marinera cantada por Cecilia Barraza y sintió, según dice, “algo extraño que me encantó”. Desde entonces no dejó de bailar. Para él, la marinera es un relato de cortejo donde el rol del hombre es provocar, acercarse e insistir. “Todo empieza con los saludos, luego vienen los juegos de ir y venir, hasta que el hombre busca ese beso anhelado y ella se hace de rogar hasta el final”, comenta.

Los bailarines Karin Meza y Guillermo Suero, de amplia trayectoria, posan en el Puente de los Suspiros, uno de los escenarios más románticos de la capital.

Martha Wong y Renzo Costa, finalistas de la última edición del Mundial, tienen trayectorias distintas. Ella llegó tarde al baile: empezó recién a los 15 tras ver una pareja en televisión que la hizo cambiar de opinión. Renzo, en cambio, creció en Trujillo, donde esta danza es parte de la infancia. Son pareja de marinera desde hace poco, cuando Martha retomó la competencia tras varios años de pausa y Renzo la invitó a volver a la pista. La química, cuentan, no fue inmediata, pero se construyó desde la confianza. “No es solo bailar bien, es transmitir algo real”, coinciden.

Clase en la escuela Baila Conmigo, en Miraflores, donde desde niños se enseña este arte, adaptando la intensidad del baile según cada categoría y etapa de aprendizaje.

Wong, además, es instructora y desde la docencia ha desarrollado una forma particular de enseñar el cortejo. Explica que el componente afectivo varía según la categoría: en infantiles es sutil e inocente; en adultos y sénior, se vuelve más intenso; y en máster, más pausado y elegante. “Casi como la vida misma”, resume. Para ella, entender la marinera como una historia facilita tanto el aprendizaje como la interpretación. “No es acercarte porque el paso lo marca, sino porque estás conquistando”, dice. En los detalles —la mirada, el gesto de la mano, la postura— se construye, finalmente, la seducción que da sentido a un baile que sigue conectando emocionalmente con generaciones de peruanos. //

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