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En 1817, el barón alemán Karl von Drais presentó al mundo un vehículo insólito: una especie de bicicleta sin pedales ni frenos que bautizó como Laufmaschine, la “máquina de correr”. Con ella logró recorrer cerca de 13 kilómetros entre Mannheim y Schwetzingen en menos de una hora, alcanzando velocidades de hasta 14 km/h. Fue el primer paso hacia la bicicleta moderna.
Según narran en Wired, el invento surgió en un contexto particular. Europa sufría los efectos de la erupción del volcán Tambora en 1815, que provocó el llamado “año sin verano” de 1816. Las cosechas se arruinaron y los caballos, esenciales para el transporte, escasearon. Ante esa crisis, Drais, entonces funcionario forestal del Gran Ducado de Baden, buscó una alternativa de movilidad personal.
La Laufmaschine era un marco de madera con dos ruedas alineadas, un asiento y un manillar para dirigirla. No tenía pedales: el usuario debía impulsarse con los pies y frenar apoyando los talones en el suelo. Su simplicidad causó sorpresa, pero también admiración por la velocidad que permitía alcanzar en comparación con caminar.

El invento se popularizó rápidamente en Alemania, Francia e Inglaterra, donde fue apodado “dandy horse”. Sin embargo, pronto decayó. La mejora en las cosechas devolvió la presencia de caballos y el desarrollo del ferrocarril relegó a la Laufmaschine a un papel de curiosidad tecnológica más que de solución de transporte. Algo parecido a cómo los precios de la gasolina afectan la atención pública a los vehículos eléctricos y combustibles alternativos.
En algunos lugares, los usuarios incluso recibían multas por circular en la vía pública.
A pesar de su breve auge, dejó una huella profunda. Su principio de dos ruedas en línea y dirección por manillar inspiró a los velocípedos con pedales que aparecieron en la década de 1860 y a las bicicletas con transmisión de cadena que dominaron desde finales del siglo XIX.
Hoy, más de 200 años después, Karl von Drais es recordado como el “padre de la bicicleta”.

