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Más de 120 veces por día, la escena se repite: un bus se lanza por la izquierda para ganarle la carrera a otro; en la perpendicular, una combi —con más papeletas que asientos libres— piensa lo mismo y, en la esquina de alguna avenida, llega el choque. Los heridos van al hospital y los choferes, a la comisaría. Luego del susto —u otras consecuencias—, ¿a quién llama uno para reclamar? La respuesta cabe en la mano. Literalmente. Basta meterla al bolsillo y sacar el boleto, que es, básicamente, el comprobante de pago.
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Lo raro no es que tenga el número del responsable del choque; lo raro es que alguien lo mire. Más raro aún, que alguien lo guarde con delicadeza. Y todavía más improbable, que esos alguienes se junten. Así apareció el llamado Encuentro Boletero, donde, una vez al mes, en algún punto diferente de Lima, un grupo de coleccionistas se reúne para intercambiar, vender o simplemente mostrar sus piezas.

“En Lima uno nace, aprende a gatear, a caminar, a chapar su bus y, si no lo alcanza, aprende a correr”, menciona Iguana, coleccionista y busólogo que lleva a las reuniones gran parte de su colección de ocho mil boletos. Lo acompañan más de 20 coleccionistas que llevan diversos boletos surgidos desde la “combización” en los años noventa, tras la crisis y quiebra de la empresa estatal ENATRU. Así se pasó de un puñado de líneas a más de 500 rutas gestionadas por más de 300 empresas de transporte formal. Y cada una, con su boleto.
Los boletos, entonces, empezaron a multiplicarse y a circular como los pasajeros. Acompañan a las palomas en sus nidos, a los estudiantes en sus mochilas y a los lectores en sus libros, cumpliendo su rol de separador popular. Con destino incierto, permanecen escondidos hasta que alguien encuentra valor en su diseño. Están los de propaganda política, los que funcionan como rifas, los que muestran la riqueza del Perú y otros que prefieren la simpleza de mostrar su bus o apoyar causas sociales, como Translima y sus boletos que, a principios de siglo, imprimieron en el reverso de sus dos millones de unidades el rostro de los desaparecidos durante la violencia de Sendero Luminoso.
La evolución de las empresas de transporte sigue una lógica similar. En un inicio fueron consorcios informales, creadas como asociaciones de vecinos que buscaban conectar distritos periféricos con el centro. Con el tiempo adoptaron la forma de empresas y, en ese proceso, los boletos adquirieron mayor relevancia, una manera de sacar cuentas y buscar cierto orden. Así surgió la división clásica: adulto, medio pasaje, directo, interurbano y urbano. Y, ante el aumento de la demanda, las imprentas no han detenido sus rotativas en más de 30 años.

Boletos, boletos, boletos
El papel en el que se imprimen estos boletos no es muy distinto del que se utiliza en el periódico que acompaña a una revista como “Somos”. La diferencia está en el gramaje, lo que determina si resiste o no las inclemencias de la ciudad. Empresas como Gráfica Estrella participaron en este proceso desde antes del boom del transporte público, cuando trabajaban mediante licitaciones con la Municipalidad de Lima. Con la expansión del sistema, también hubo una mayor apertura para el diseño: la creación de logos, colores y elementos gráficos que permitieran diferenciar a una empresa de otra.
No obstante, la producción de boletos no ha estado exenta de dificultades. Entre 2006 y 2007 se registró una escasez de materiales que obligó a importar papel desde China, de color cebolla, para luego volver al papel periódico clásico y mantener el mismo proceso de creación: diseño, elaboración de placas, impresión, numeración, engrampado, corte, refilado y empaquetado. Luego, son distribuidos a empresas como El Chino, que pide cada dos meses entre seis y diez millones de boletos.

En el plano normativo, la Autoridad de Transporte Urbano (ATU) establece una serie de requisitos que los boletos deben cumplir: mecanismos de control, canales de queja visibles, información sobre el seguro contra accidentes, RUC de la empresa y numeración correspondiente. No obstante, en el otro polo de este negocio están los informales, que cuentan con boletos genéricos con información muchas veces falsa. “Esa es la estafa más común en Lima, porque nadie se percata de si el boleto es de esa empresa, y uno lo acepta sabiendo que solo Dios te protege en el trayecto”, menciona Sarita Guido Rivera, representante de Gráfica Estrella.
La aparición de los choferes-cobradores cambió el diseño por la practicidad, con impresiones in situ del precio. Por el lado de la cantidad de impresiones, las extorsiones redujeron la producción de boletos, pasando de millones por mes a pedidos trimestrales en varios casos. A pesar de ello, el boleto permanece como un objeto menor, casi invisible, que registra —sin proponérselo— la forma en que una ciudad se mueve, se desordena y, de vez en cuando, intenta explicarse a sí misma.
