- El joven de Villa El Salvador que desarmaba sus juguetes, aprendió inglés por su cuenta y logró una beca completa en el MIT
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Hasta hace unos días, David Rivera (19) tenía seis admisiones a universidades de Estados Unidos y ninguna forma de pagarlas. Desde niño, su obsesión con el espacio lo había llevado a soñar con estudiar ingeniería aeroespacial y, gracias a sus logros en olimpiadas de ciencias, incluso había llegado a conocer la NASA. Hijo de carpinteros de Villa El Salvador —sus padres fabrican y venden camas en el mercado del distrito—, David se había abierto camino en medio de la precariedad gracias a un talento precoz para las matemáticas y la física. Este año, las cartas de admisión llegaban una tras otra. El problema era que ninguna incluía una beca suficiente para convertir ese sueño en algo real.
Haberse esforzado tanto para quedarse a un paso de la meta parecía una broma cruel. Con la fecha límite encima, la familia organizó rifas desesperadas para reunir dinero. Su madre, Victoria, hacía cuentas imposibles mientras David revisaba todos los días el portal de la universidad esperando una señal. Un día antes de que venciera el plazo llegó el correo que lo cambió todo: la Universidad Estatal de Michigan le informaba que había quedado entre los cinco mejores estudiantes internacionales admitidos ese año y le otorgaba una beca completa que cubría estudios, alimentación, libros, vivienda y gastos personales. Después de meses de incertidumbre, el sueño empezaba a despegar.

La historia de David es también la de varios jóvenes peruanos que logran abrirse camino en contextos adversos gracias al apoyo familiar y a la educación. En su caso, estudiar en el colegio Saco Oliveros le permitió participar en olimpíadas de ciencias y traer medallas internacionales al Perú. Pero había algo más detrás de ese rendimiento académico. Su madre, Victoria, recuerda que desde los tres años David se soltaba de su mano antes de entrar al nido y le decía: “Te voy a traer un 20, reza por mí”. Luego regresaba a casa con los cuadernos llenos de notas perfectas. Aprendió a leer prácticamente solo, descifrando carteles de la calle y letreros de los buses, y a los cuatro años una profesora les dijo a sus padres que ya no necesitaba el “Coquito”.
Perú, tierra de superdotados
En psicología, a quienes destacan desde temprana edad, aprenden a leer solos o muestran una voracidad inusual por el conocimiento se les suele llamar personas de altas capacidades. Son chicos que aprenden con tal rapidez que, a veces, terminan aburridos en el aula. Cada cierto tiempo, uno de esos casos irrumpe en la vida pública y se convierte en una pequeña celebridad intelectual. Uno de los más recordados en el Perú fue el de Alfonso de Bohemia Portugal, un niño limeño de tres años que en 1969 asombraba a periodistas, científicos y académicos respondiendo cientos de preguntas en pocos minutos.

Los diarios de la época lo compararon con Albert Einstein y Leonardo da Vinci. Memorizaba conversaciones enteras y leía autores complejos antes de empezar la primaria. Fue, quizás, el primer gran fenómeno mediático alrededor de un niño prodigio peruano. Casi tres décadas después, otro nombre capturó la atención pública: Hugo Zúñiga Utor. A los cinco años ya tenía certificación en reparación de computadoras; a los siete, ofrecía conferencias sobre medicina en San Marcos. Leía inglés y francés desde niño y aparecía constantemente en televisión. Con el tiempo estudió Medicina y hoy trabaja como neurólogo, lejos del reflector que marcó su infancia.

El ‘outsider’ del salón
Aunque muchas de estas historias suelen comenzar con genios precoces, otras veces el talento no aparece de forma tan evidente. A veces tarda más en revelarse. Hay jóvenes que descubren sus capacidades recién en la adolescencia, cuando un profesor, un taller o una oportunidad inesperada les abre un camino distinto. Algo así ocurrió con Richard Simon (17). Durante buena parte de su etapa escolar en el colegio Prolog, él mismo se consideraba “un estudiante regular”. Iba a clases, salía con sus amigos y llevaba “la experiencia normal de un adolescente de escuela”. Nada parecía anunciar que terminaría becado en universidades privadas de Estados Unidos. Recién en cuarto de secundaria, algunos profesores notaron sus buenas notas y lo invitaron a participar en un taller de biología. Richard aceptó casi por curiosidad. Ese pequeño giro terminó cambiando su vida.

Hoy Richard ha sido admitido con beca completa en tres universidades estadounidenses, entre ellas Williams College, la que finalmente ha escogido para estudiar neurociencias. En menos de dos años consiguió algunas medallas nacionales e internacionales en biología y química, incluyendo un oro en la Olimpiada Iberoamericana de Biología y una plata en la Olimpiada Iberoamericana de Química. Piensa que tendría muchas más si hubiera empezado antes. Sus profesores lo llamaban “el outsider” porque llegó tarde al competitivo circuito académico. Él mismo admite que antes “tenía bastante tiempo de ocio” y que el estudio “no era su prioridad”. Ahora sueña con investigar el cerebro humano y entender cómo la forma en que pensamos influye en la desigualdad y en la sociedad. “Siento que he tenido suerte, pero mi suerte es una entre miles”, dice. “Hay muchos chicos en Lima y en el Perú profundo que no tienen esas oportunidades”.
Tanto Richard como David dejarán su hogar y el país este año. Sus familias cuentan las semanas con esa mezcla de orgullo y tristeza que acompaña las despedidas importantes. Los dos repiten que su mayor sueño es regresar al Perú y compartir lo aprendido. “Yo no tengo interés en hacer turismo allá”, dice David. Aunque el país no cuente con un programa espacial, imagina aplicaciones concretas para la ingeniería aeroespacial: desde el uso de satélites para prevenir desastres naturales hasta el monitoreo de la deforestación o la pesca ilegal. Pero, más allá de cualquier aplicación práctica, su gran obsesión sigue siendo el espacio. “Sueño con ver la bandera del Perú en la Luna”. //
