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Desde la una de la tarde, la mítica esquina de la Av. Uruguay recibe a muchos comensales que buscan el tan querido pollo a la brasa de Pollos Welkin, un negocio familiar con 40 años de historia que ha visto pasar generaciones enteras, y que hoy es símbolo de constancia, sabor e identidad.
La historia de esta pollería empieza en 1985, aunque el local ya tenía vida desde mucho antes. “Según los vecinos, acá funcionaba una de las pollerías más antiguas del Centro, desde los años 50”, cuenta Andrés Hamamoto, hijo de uno de los fundadores. Sus abuelos, de ascendencia japonesa, llegaron al Perú en los años cincuenta, escapando de la difícil situación que se vivía tras la guerra y fue en el mundo de la cocina donde encontraron su camino.
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Antes de tener una pollería, la familia tenía una fuente de soda en Nicolás de Piérola. “Mis padres y abuelos siempre estuvieron ligados al rubro. Cuando se dio la oportunidad de tomar este local que ya funcionaba como pollería, decidieron lanzarse”, recuerda Andrés. Así nació Welkin, nombre que surgió casi por casualidad, como un intento de sonar “internacional” en los años ochenta. Y aunque no tiene traducción exacta, hoy es una marca que se pronuncia con familiaridad y cariño en todo el Centro de Lima.

El pollo a la brasa de Welkin tiene un toque característico. “Es un pollo con mucho sabor. Incluso la pechuga, que suele ser seca, aquí es jugosa”, asegura Andrés. La clave está en el aderezo propio y en la cocción precisa. Las papas, de corte grande, “como en los viejos tiempos”, completan una experiencia generosa. Además del clásico cuarto de pollo con papas y ensalada, también ofrecen mollejitas, salchipapas y platos que no necesitan carta: los clientes ya saben lo que quieren.

Una parte vital del negocio ha sido su gente. “Tenemos trabajadores que llevan aquí más de 25 años. La otra mitad es una nueva generación. Todos somos como familia”, dice Andrés. Tras la pandemia, cuando su padre enfrentó problemas de salud, la siguiente generación asumió el liderazgo. Fue entonces cuando impulsaron una modernización necesaria: sistemas digitales para pedidos, control de insumos y servicio de delivery. “Al principio fue difícil, pero nos adaptamos. Si no lo hacíamos, no sobrevivíamos”.

Esa adaptación también responde al cariño de sus clientes. Muchos de ellos han crecido con el sabor de Welkin. “Nos dicen: ‘yo venía cuando era niño, ahora traigo a mis hijos’. Esas cosas nos emocionan”. Algunos incluso llegan desde distritos lejanos, como el Callao, solo para volver a saborear ese pollo.
Así también, hace aproximadamente una década, un cliente frecuente, estudiante de diseño gráfico, le propuso al padre de Andrés rediseñar el logotipo del local como parte de un trabajo de clase. “Antes teníamos un dibujo de una mano con una bandeja y un pollo encima. Él vino con una propuesta más moderna. A mi papá le gustó, y desde entonces usamos ese logo”, cuenta.

Ahora, Welkin se prepara para nuevos retos. “Queremos abrir más locales. Nos encantaría llegar a más distritos, porque siempre nos preguntan: ‘¿por qué no abren uno por mi casa?’”. El sueño es expandirse “sin perder el alma”. Esa alma que se siente en cada plato servido, en cada saludo del personal, en cada cliente que vuelve.
En una ciudad como Lima, donde los negocios van y vienen, Pollos Welkin es una excepción.


