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De saber que el Tío Sam no cumplía sus promesas, don César Salazar se hubiera replanteado llevar a su familia para Estados Unidos. Quizá haberse quedado en la finca de su padre en San José de Porcón, afrontar la epidemia del cólera y dejar que el pequeño A.Chal, su hijo, siguiera persiguiendo carneritos. Sin embargo, en 1991 dejaría La Libertad para cambiar su suerte en el barrio de Queens, en Nueva York.
Pasan cuatro años y a su esposa, doña Freis Pezo —de raíces puneñas— aún le cuesta aprender inglés; él, con su dejo liberteño, tampoco escapa del spanglish. Por las tardes se reúne a jugar pichangas con otros latinos. Se toma unas chelas y deja a A.Chal con los hijos de otros migrantes. Durante el día su rutina es la misma: pinta casas, las limpia y, si encuentra un desecho útil, se lo queda.

“Me regaló un walkman cassette; él, sin saberlo, me inició en esto”, nos cuenta A.Chal, a quien don César aún llama por su nombre: Alejandro. Con seis años empezó a experimentar con el cassette grabando su voz. Luego ahorró para comprarse otro, donde grabó sonidos. Y, a falta de más dinero, usó el estéreo de su tío para grabar una tercera base musical. “Ya existía el formato mp3, pero no sabía cómo manipularlo; preferí hacer las cosas de forma análoga”, explica.
Por las tardes, doña Freis espera que Alejandro llegue. Son más de las cinco y su hijo de once años aún no regresa del colegio. No era la primera vez que ocurría: ya era costumbre que Alejandro se escapara para rapear o visitar el Museo de Ciencia, donde usaba programas como Pro Tools o Logic Pro para montar sus primeros beats. Al llegar a casa, la ternura de la madre solía imponerse, pero don César llega a su límite.

“Me botó de la casa en invierno. Me dijo: ‘tienes que ver cómo haces tu vida’. Me quedé dos días afuera, en la nieve. Ahí supe que, si quería ser músico, tenía que hacerlo sin apoyo”, recuerda A.Chal, quien aún no hablaba bien inglés y que más de una vez fue expulsado de la escuela por chocar con los profesores. “Súmale que quería ser músico; a mi padre eso lo palteaba mucho”, agrega.
La vida siguió y se fue de la casa a los 16 para vivir en el corazón de la bohemia. Bares, discotecas, fiestas donde disimulaba su edad. “Conocía gente peor que yo y ya no me sentía tan culpable por querer ser músico”, menciona. Aprendió que la gente te trata por cómo te ve, por lo exótico y por qué tan llamativa sea tu propuesta artística. Entre modelos, skaters, grafiteros y músicos conoció a sus ídolos y consiguió sus primeras propuestas. “Ahí hay más probabilidades de conocer a la persona correcta”, resalta.
Su primera tocada fue en el bar Baby’s All Right, en Brooklyn: “A.Chal presents ‘Welcome to Gazi’”. Su primer disco también fue su gran carta de presentación ante músicos medianamente conocidos. Esa noche escuchó vítores de 300 personas —fans que luego serían nombrados “chalones”— y sintió que su mundo estaba cambiando. Y así fue. Antes había compuesto el tema “Never Satisfied” para Jennifer Lopez, quien se lo compró. Desarrolló disciplina escribiendo baladas todos los días para mantener el ritmo. Y cuando las puertas se abrieron, él ya estaba preparado.
En 2018 llega lo que llama su peak —también usa palabras como soccer, cool, bullshit—. Entre ocho propuestas de sellos y disqueras, su equipo escogió en 2019 a Epic Records con un contrato de más de un millón y medio de dólares. Participó en el Festival Lollapalooza Chile, donde lo vieron sus abuelos. Apareció la oportunidad de grabar con C. Tangana el tema “No te pegas” y, un par de meses después lanzó “Me traicionaste” con Rosalía, ex del madrileño, de quien solo comenta sobre los rumores de un supuesto romance: “Un caballero no tiene memoria”.
Ante el éxito de sus canciones y las colaboraciones inesperadas con artistas norteamericanos, A.Chal sintió que lo tenía todo, pero en Nueva York todo siempre tiene su final. “Pasé de tenerlo todo a joderlo todo… vivir con ese facto todas las mañanas es difícil. Lo normal es que vayas decayendo y lo aceptes, pero de la nada lo jodes todo y eso es otra cosa”, sentencia. Y, ante la pregunta de qué jodió, responde: “Solo Dios sabrá eso”.

Volver a casa
En un lugar que A.Chal prefiere no ubicar geográficamente, su padre y su madre confrontan junto a él la ayahuasca. Es una sesión donde aparecen las epifanías, donde el músico descubre que la muerte no existe, que él es más conciencia que hombre y que es necesario ver el panorama completo. “Mi padre no tuvo la educación para saber que esa promesa de un mejor futuro era mentira. Él solo buscó una mejor vida y por diez años todo le salió mal. Eso te jode, te hace enojar. Yo no culpo a mi padre”.

Hace un año, A.Chal se encuentra instalado en Perú. Esta vez ya no regresa con frecuencia a Estados Unidos, aunque es inevitable a veces. Su acento está marcado por el inglés y un español que a veces entra en conflicto. Usa jerga neoyorquina y también peruana. “No es necesario que le guste a la gente mi música de antes”, responde, mientras observa el océano pacífico desde un piso elevado en Barranco. Él sigue escribiendo nuevos temas, mezclando su estilo particular con música andina y cumbia.
Todas las canciones de esta nueva etapa —“Pituko”, “Chuco”, “Chologante”— forman parte de una secuencia que inevitablemente desembocará en un disco, nos adelanta. La narrativa ya está hilada, así como la dirección de su vida tras participar de una segunda sesión de ayahuasca el año pasado. Tiene 36 años y sabe que, a diferencia de Estados Unidos, el Perú no le promete nada, solo la posibilidad de acertar —o fallar— en su propia tierra.
