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Se puede discutir mucho sobre el lugar que ocupan hoy las bibliotecas en un mundo donde los libros ya no siempre resultan atractivos para buena parte de los jóvenes. Pero si hay un espacio donde la lectura sigue siendo una actividad fundamental e indispensable, ese es la universidad. Por eso, las bibliotecas suelen ocupar el corazón de los campus. Quienes fueron alumnos de la Universidad de Lima deben recordar con cariño su vieja biblioteca, ubicada entre las facultades de Comunicación y Derecho. El edificio de cuatro pisos era el punto neurálgico al que se iba a leer, a repasar los apuntes o reunirse con los compañeros para preparar trabajos en grupo, ocupando cualquier mesa disponible.
Durante décadas ese ritual cambió poco. Hubo generaciones que buscaron libros en ficheros de tarjetas y otras que ingresaban sus búsquedas en monitores de pantalla verde, más tarde reemplazados por computadoras. En esencia, la biblioteca seguía siendo un lugar silencioso dedicado al estudio individual. Hoy, sin embargo, estos espacios responden a otra idea del aprendizaje. El modelo conocido como ‘learning commons’ reconoce que gran parte del conocimiento universitario se construye en la interacción, discutiendo, investigando en equipo o desarrollando proyectos colectivos. Las bibliotecas contemporáneas se diseñan para facilitar ese intercambio.

Así es como la Universidad de Lima presenta por estos días su nueva biblioteca dentro del campus. Bautizada con el nombre de “Antonio Pinillia“, por su fundador y primer rector, se trata de una construcción de siete pisos y cerca de 18 mil metros cuadrados concebida como un espacio de aprendizaje activo. A diferencia de la biblioteca tradicional, el edificio combina áreas de lectura silenciosa con muchas salas de trabajo grupal, espacios de discusión y ambientes pensados para la investigación académica. La arquitectura misma responde a la idea de que la biblioteca, más que un depósito de libros, es un lugar donde se generan y comparten ideas.
En los niveles superiores se mantiene, sin embargo, el espíritu clásico de la biblioteca universitaria. Allí se encuentran las estanterías abiertas que permiten a los estudiantes recorrer directamente las colecciones y seleccionar los títulos que necesitan. El sistema de préstamo es completamente digital y convive con una oferta de recursos electrónicos y bases de datos académicas.

La nueva biblioteca también se inscribe dentro de una visión más amplia sobre el campus. Según la rectora Patricia Stuart, la idea es que la universidad funcione como un espacio en el que la vida académica no se limite al aula. “Queremos un campus donde el alumno no solo venga a estudiar y se vaya a su casa”, explica. “La idea es que aquí puedan crear relaciones, trabajar en conjunto y desarrollar proyectos”. Ese enfoque responde también a la manera en que se vive hoy la universidad. “Muchos estudiantes pasan todo el día en el campus”, señala Stuart. “Por eso debe ser un lugar donde el alumno quiera quedarse”.
La trayectoria de Stuart explica en parte esa visión. Economista de formación, es la primera egresada de la universidad que llega al rectorado. Su carrera académica comenzó como jefa de prácticas en la Facultad de Economía y, con el tiempo, fue ocupando distintos cargos dentro de la institución: coordinadora académica, directora de carrera, secretaria académica, decana y posteriormente vicerrectora. En ese recorrido llegó a trabajar con la doctora Ilse Wisotzki, la primera mujer en ocupar el rectorado de una universidad en el país. “Era una mujer de temperamento muy fuerte y con bastante empuje”, recuerda. En una época en que las autoridades universitarias eran mayoritariamente hombres, añade, Wisotzki solía ser “la única mujer en muchas reuniones”, una experiencia que, según Stuart, le sirvió de ejemplo sobre lo que implica conducir una universidad.
Educación para todos
Durante años la universidad ha cargado con la percepción de ser una institución reservada para sectores acomodados. Stuart sostiene que ese perfil ha cambiado con el tiempo y que hoy los estudiantes reflejan una composición social más diversa. “El 70% de nuestro alumnado se ubica en la última categoría de pago, entonces esta ya no es una universidad que sirve a una élite económica, sino más bien a una élite académica e intelectual”, afirma. En esa línea, la Universidad de Lima ha impulsado distintos programas de becas dirigidos a estudiantes de alto rendimiento provenientes de colegios públicos.
Uno de ellos es la Beca Ilse Wisotzki, creada para alumnos sobresalientes que hayan cursado toda su educación básica en colegios nacionales. El programa ofrece cobertura integral durante toda la carrera. Hasta ahora se han realizado tres convocatorias, entre 2024 y 2026, con 32 beneficiarios. Veintidós de ellos provienen de Lima y diez de distintas regiones del país, y una parte significativa estudió en los colegios de alto rendimiento (COAR).
Más allá de su nueva biblioteca y de los planes de expansión del campus, la universidad recuerda que la principal inversión de una institución sin fines de lucro sigue siendo la formación de sus estudiantes. En ellos descansa, finalmente, el prestigio académico de la casa de estudios. //
