- Néstor García Canclini: “La IA crea la ilusión de estar beneficiados”
- “La América de Trump se acerca cada vez más a ‘El cuento de la criada’”
- Luis Solano: “Está bien juzgar los libros por la portada”
En 1883, Clorinda Matto —periodista, literata e intelectual reconocida ya en el campo literario— era la artífice de la columna “Los lunes” del diario La Bolsa de Arequipa. En esta columna, escribía sobre los acontecimientos sociales de la Ciudad Blanca. Esa escritura cambiaría muy pronto cuando asumió la dirección de dicho diario. Era, probablemente, la primera vez que una peruana asumía la redacción de un editorial. A través de sus columnas diarias, Matto empuñó la pluma para decir sin tapujos por qué el Perú estaba hundido en el fango.
MIRA: El manuscrito de una amistad
En enero de 1885, afirmaba Matto en La Bolsa: “No fue Chile quien venció al Perú; el Perú cayó a los pies de un enemigo ansioso de sus despojos, arrastrado por los errores de sus gobernantes”. Señalaba además: “Los hombres públicos del Perú se perdieron en el incendio de una política tortuosa, cargada de ambiciones personales, maleada por la ceguera del partidarismo y enmarañada por ese egoísmo sin nombre que ha llegado a ser el distintivo en política”.
Hacer política estaba vetado para las mujeres en el siglo XIX, pues eran consideradas como eternas menores de edad que debían parir, cuidar y educar a la prole, además de atender al marido. El acceso al voto era esquivo e impensable. Matto fue una de las primeras en inmiscuirse en “asuntos de hombres” y, tal vez por eso, fue castigada por la sociedad de la época: luego de que su casa e imprenta fueran saqueadas, ella tuvo que salir abruptamente del país.
¿Cómo se puede hacer política sin tener acceso al voto? Matto había señalado el camino: a través de sus editoriales le enrostró al poder de turno los errores que había cometido al arrastrar al país a la debacle nacional. Sin embargo, la escritora no se quedó en la queja; estaba convencida de que la educación y el trabajo eran las vías que podían salvar al país en la reconstrucción nacional.
Las ideas de Matto echaron raíces en la siguiente generación de mujeres ilustradas. Estas escritoras eran “hijas de la guerra” o niñas nacidas en pleno conflicto bélico. Una de ellas, María Jesús Alvarado, fue una figura clave del feminismo: en 1914 fundó Evolución Femenina, la primera organización dedicada a promover la educación y la dignificación de las peruanas a través del trabajo. Un año antes, había engrosado las filas de la Asociación Pro-Indígena (fundada por Dora Mayer y Pedro Zulen), colectivo desde el que publicó textos en defensa de la jornada laboral de ocho horas para la clase obrera y en defensa de los pueblos originarios.
El activismo comprometido de Alvarado la llevó a constantes enfrentamientos con el régimen de Augusto B. Leguía, que la llevarían a la cárcel por tres meses en 1924 al oponerse a la Ley de Conscripción Vial (que obligaba a los indígenas de 18 a 60 años a trabajar en la construcción de carreteras y puentes sin pago alguno). Obligada a exiliarse en Argentina, retornó al país en 1936, caído ya el régimen. Desde su arribo a la capital, continuó con sus ideas de avanzada para lograr los derechos de las mujeres a través de la educación y un trabajo digno.
Miguelina Acosta, la primera abogada graduada en San Marcos, obtuvo su grado de bachiller con una tesis titulada: “Nuestra institución del matrimonio rebaja la condición jurídica y social de la mujer”, lo que refleja claramente los ideales que enarboló a lo largo de su vida. Esta activista feminista perteneció a diferentes colectivos como Evolución Femenina y la Asociación Pro-Indígena, convencida de que el progreso del país recaía en la educación: sostenía que niñas y niños de zonas rurales debían asistir a las escuelas, por lo que propuso un sistema flexible de enseñanza (una especie de escuelas ambulantes). También se involucró con la clase obrera, pues consideraba que debía implementarse la jornada de ocho horas.
“Evangelina”, seudónimo que utilizó la escritora Zoila Aurora Cáceres (hija del héroe de la Breña, Andrés Avelino Cáceres), le sirvió inicialmente para resguardar sus opiniones políticas, hasta que ella misma se sintió segura e irrumpió en el espacio público con nombre propio. En 1906, Cáceres fundó el Centro Social de Señoras, institución en la que mujeres de bajos recursos aprendían un oficio para insertarse en el mercado laboral en puestos como telefonía, tiendas comerciales y correos. Este fue solo el primer paso, pues estaba convencida de que las peruanas debían elegir y ser elegidas; por eso, fundó el colectivo Feminismo Peruano, que le permitió irradiar sus ideas sobre el sufragio.
Entre 1930 y 1931, Cáceres emprendió un activismo político intenso que llevó el debate del voto femenino al Congreso Constituyente. Fue así que se concedió este derecho a las peruanas, pero solo en elecciones municipales (las cuales se suspendieron hasta 1963). Finalmente, en 1955, bajo el gobierno de Odría, se promulgó la ley del sufragio femenino y en 1956 las peruanas acudieron a las urnas (el voto se concedió, en primera instancia, para mujeres alfabetas mayores de 21 años o casadas mayores de 18). Votar significó para las mujeres la conquista de su mayoría de edad: podían administrar sus propios bienes y ejercer la patria potestad pero, lo más relevante, podían visibilizar sus reclamos a través de la elección de sus propias representantes en el Congreso.
Con las elecciones a la vuelta de la esquina, cabe preguntarse quiénes serían los candidatos o candidatas que elegirían Clorinda Matto, María Jesús Alvarado, Miguelina Acosta o Zoila Aurora Cáceres. ¿Qué dirían ellas sobre la actual forma de hacer política en el país? ¿Qué ideales sociales, económicos y culturales enarbolarían para el Perú actual? El camino para elegir a las autoridades ya fue señalado por ellas. Toca releerlas detenidamente antes de acudir a las urnas con la convicción de que los problemas del país pueden resolverse a través de una educación de calidad y un empleo digno.
