¿Cuál es tu estilo de apego? Cómo la relación con tus padres durante la infancia afecta tus relaciones de pareja ¿Por qué creemos que nuestro dolor no importa tanto? El alto costo mental de guardar lo que sentimos La historia de la casona Boza y Solís de Ayacucho: la urgencia de salvar un monumento histórico del Perú Un momento de cansancio, una rabieta del hijo y una palabra que escapa con el mismo tono que juramos no repetir. Prometimos “jamás ser como ellos”, ser distintos, hablar con calma y criar con más empatía. Sin embargo, sin darnos cuenta, las frases, los gestos e incluso los silencios que alguna vez nos dolieron, salen de nuestra propia boca. MIRA: Melt: descubre la propuesta que celebra el brunch americano todo el día en San Isidro Muchas veces no es falta de amor ni debilidad, sino algo mucho más profundo que se remonta a nuestros orígenes: la infancia que vivimos. Porque, nos guste o no —de forma consciente o inconsciente—, las huellas de cómo fuimos cuidados, escuchados, acompañados y hasta castigados se reactivan cuando nos toca estar del otro lado. Sin duda, criar a un hijo no solo despierta en nosotros un profundo sentido de responsabilidad y un propósito, también puede remover viejas heridas que aún no hemos sanado. ¿Por qué repetimos aquello que prometimos no hacer? Tendemos a repetir patrones familiares porque el cerebro aprende primero por imitación, por lo que las experiencias que vivimos de niños se quedan grabadas muy profundamente, más allá de lo que recordamos conscientemente, explicó la neuropsicóloga Patricia Cortijo, de Clínica Internacional a Hogar y Familia. Desde pequeños modelamos respuestas emocionales y conductas frente al estrés—cómo se regula el enojo, cómo se expresa el afecto o cómo se ponen límites—, y esas respuestas quedan automatizadas en nuestras redes neuronales, especialmente en la amígdala, en los circuitos de estrés y en la regulación del córtex prefrontal. “Somos más propensos a repetirlos cuando estamos cansados, estresados o con miedo, ya que nuestro cerebro emocional toma el control. La parte racional —la que nos ayuda a pensar antes de actuar— se desactiva un poco, y ahí es cuando se enciende el modo supervivencia. Sin darnos cuenta, actuamos en automático, repitiendo los patrones que aprendimos de niños. Por eso, muchas veces, aunque prometamos no hacerlo, terminamos reaccionando igual que lo hicieron con nosotros. No porque no queramos cambiar, sino porque nuestro cerebro recurre a lo conocido”. Esta inercia emocional puede llevarnos como padres a dos extremos: reproducir estilos de crianza rígidos por miedo a perder el control o, por el contrario, ser demasiado permisivos para no parecer “duros”. No obstante, como recalcó Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic, ambos extremos pueden afectar la seguridad emocional de los niños. Por ejemplo, como añadió Francis Vilela, docente de la carrera de psicología de la Universidad Científica del Sur, la generación actual de padres se enfrenta a una exigencia muy alta. Cargan con tantas responsabilidades que les resulta difícil poner límites y tienden a evitar el “no”, lo que puede generar hijos con baja tolerancia a la frustración y poca autonomía. “Pueden estar físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes, facilitándoles todo y sobreestimulándolos, sin ofrecer tiempo de calidad”, advirtió. A esto se suma el peso de las heridas no resueltas. “Si quieres conocer al adulto de hoy, pregúntale cómo fue su infancia”, recordó Vilela. Estas experiencias dejan marcas profundas: sentirse rechazado o no amado, vivir abandono o soledad, crecer con falta de atención, ser comparado o ridiculizado, enfrentar mentiras o promesas incumplidas, e incluso el maltrato. Todo ello influye directamente en la manera en que criamos. “Una de las heridas que más marca la crianza es la invalidación emocional. Muchos padres han crecido escuchando “no llores” o “no es para tanto” y aprendieron a desconectarse de lo que sentían. Al criar, pueden repetir ese patrón sin notarlo, intentando que sus hijos “se regulen” o “no sufran”, cuando en realidad fomentan la desconexión emocional. Por eso, no es falta de amor, sino una reacción aprendida frente al propio malestar”, agregó Rafael Aramburú Umbert, psicólogo de la Clínica Anglo Americana. ¿Cómo saber si estamos reaccionando desde nuestras heridas del pasado? Actuar desde el modelo de crianza que vivimos no es necesariamente algo malo, ya que podemos haber tenido experiencias positivas. Sin embargo, una señal de alerta de que estamos actuando desde un modelo automatizado y poco funcional es cuando respondemos de forma reactiva, sin pausa, desde la emoción y no desde la intención. Esa impulsividad—cuando gritamos, juzgamos o castigamos sin pensar— suele indicar que estamos repitiendo un patrón aprendido, más no creando una nueva forma de actuar. También podemos estar actuando desde el pasado cuando decimos o hacemos cosas que juramos no repetir, frases como “te callas”, “ahora vas a ver”, o cuando nos sentimos culpables o avergonzados después de reaccionar. “Si sentimos que de pronto nuestro hijo “saca lo peor de nosotros”, probablemente está tocando algo no resuelto”, refirió la neuropsicóloga. Además, como señaló Albers, las relaciones más cercanas—con la pareja o la familia— también suelen reactivar patrones inconscientes. Por ejemplo, en una discusión con la pareja o ante la opinión de los abuelos, pueden surgir respuestas automáticas aprendidas en la infancia, como la necesidad de aprobación, miedo al rechazo o autoritarismo. “Reconocer esas reacciones no es un fracaso, sino una oportunidad para romper el ciclo, establecer límites más sanos y elegir conscientemente cómo queremos responder”. ¿Cómo podemos sanar para criar distinto? Este proceso comienza por mirar hacia adentro. Para Francis Vilela, el primer paso es reconocer y aceptar que tenemos heridas de la infancia, pues negarlas solo nos bloquea y nos mantiene atrapados en los mismos patrones. En cambio, reconocerlas nos libera y rompe las cadenas negativas que pueden transmitirse de generación en generación. Una vez que tomamos conciencia, el cambio requiere práctica. De acuerdo con Cortijo, no hay transformación sin pausa. Cuando sentimos que vamos a reaccionar desde la impulsividad o la costumbre, es clave detenernos: respirar, salir un momento o contar hasta diez.