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Durante 98 días, un equipo de científicas peruanas se internó en uno de los territorios más extremos e impresionantes del planeta: la Antártida. La misión, conocida como Antar XXXII y organizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores como parte del Programa Nacional Antártico, reunió a investigadores de distintas disciplinas con un objetivo común: entender cómo se están modificando los ecosistemas frente al avance del cambio climático.
Dentro de este grupo, la participación de la Universidad Científica del Sur destacó con 15 expedicionarios, entre docentes, estudiantes y egresados, quienes trabajaron durante 51 días en campo. Dos de sus investigadoras lideraron proyectos clave: Liliana Ayala, enfocada en aves y mamíferos marinos, y Marina Quiñe, dedicada a reconstruir la historia climática a partir de sedimentos marinos.
Para Ayala, esta no era su primera vez en el Continente Blanco. “Mi primera expedición fue en el año 2000”, recuerda. Más de dos décadas después, y tras siete viajes, las transformaciones no solo se sienten, se ven. “Ha habido muchos cambios”, señala en diálogo con Somos. Algunos son logísticos, como el paso del antiguo buque Humboldt al moderno Carrasco, pero otros son más profundos.

Uno de los más evidentes es el retroceso glaciar. “El glaciar que está cerca de Machu Picchu —la base peruana en la Antártida— ha retrocedido con fuerza. Recuerdo que en el 2000 estaba muy próximo al mar, ahora está más hacia tierra”, explica. A esto se suman fenómenos menos habituales, pero igualmente importantes de visibilizar. “Este período ha sido bastante diferente, porque hemos visto mucha niebla, lo que nos lleva a indagar en estos cambios y cómo afectan a las especies”, apunta.
TRAVESÍA ÚNICA
Las condiciones del hielo también se han alterado. Durante la expedición, el equipo tuvo que modificar su ruta debido a las grandes masas de hielo antiguo. “Eran trozos de hielo azules y celestes. Por el color, se puede saber su antigüedad”, explican las científicas. Según les indicaron colegas meteorólogos, este tipo de hielo evidencia procesos complejos: está en retroceso, pero no se derrite completamente debido a condiciones atmosféricas específicas.

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En paralelo, Ayala también ha observado transformaciones en la fauna. “Hay cambios en la composición de especies: antes las dominantes eran unas, ahora son otras”, comenta, advirtiendo también un aumento notable en el avistamiento de ballenas, lo que podría estar vinculado a la recuperación de algunas especies, como la jorobada.
Pero entender estos cambios no solo depende de lo que se observa en la superficie. En el fondo del mar, otra historia se escribe desde hace milenios. Ahí es donde entra el trabajo de la científica Marina Quiñe, quien analiza sedimentos marinos como si fueran archivos naturales del clima.
“Cuando abres un testigo de sedimento —así se les llama a las muestras que se toman del mar—, comienzas a ver capas, estructuras, diferencias”, explica. Cada una de esas capas contiene información sobre el pasado: desde la presencia de organismos hasta cambios en la productividad del ecosistema. “Todo lo que en algún momento ha vivido en la columna de agua termina por decantar y, finalmente, lo encontramos en el fondo del mar”, añade.
En lenguaje coloquial, la científica explica que estos registros permiten identificar patrones vinculados al cambio climático, como el aumento del aporte de sedimentos terrestres debido al retroceso glaciar. “Toda esa pérdida de hielo genera mayor exposición de zonas terrestres, y eso aumenta el aporte de sedimento continental”, señala.

Pero las implicancias van más allá de la geología. Ahí es donde se unen los campos de Quiñe y Ayala: los cambios también afectan la cadena alimenticia. “Estamos viendo en los sedimentos una mayor cantidad de salpas en lugar de krill en ciertas zonas”, advierte. Este detalle es clave: el krill tiene una alta calidad nutricional, mientras que las salpas gelatinosas no ofrecen el mismo aporte, lo que podría impactar en especies mayores como las ballenas.
Aunque pueda parecer un escenario lejano, ambas investigadoras coinciden en que lo que ocurre en la Antártida tiene efectos directos en el resto del planeta. “Los polos sirven como una manera de equilibrar el clima. Son estabilizadores que evitan que el planeta se caliente demasiado rápido”, explica la dupla. Además, contienen el hielo que regula el nivel del mar: “Si se derritiera todo, tendríamos más de 50 metros de agua que cubrirían las costas”, agregan a modo de alerta.
Más allá del trabajo científico, ambas coinciden en la importancia de mantener estas expediciones activas. No solo por el conocimiento que generan, sino también por el rol del Perú en el escenario internacional. “Somos parte del Tratado Antártico y es importante seguir produciendo investigación para mantener nuestra voz presente en el mundo”, concluye Quiñe.
Lejos de ser un territorio ajeno, la Antártida se revela así como un espejo de lo que ocurre a escala global. Y gracias al trabajo de científicas peruanas, hoy sabemos que formamos parte de un proyecto de protección y monitoreo que ya está en marcha. //
