De shows en SJL y Puente Piedra a agotar estadios: Bad Bunny y la historia de un ascenso sin atajos
Sydney Sweeney: “Todas conocemos a mujeres que intentan ser perfectas y sentimos empatía” Samir y la fábrica de chocolates: el ex cantante peruano que cambió el micrófono por el cacao y conquistó al mundo Gavin Cook, el embajador del Reino Unido que llegó durante pandemia se despide del Perú promoviendo nuestra gastronomía Hubo un tiempo en que Bad Bunny entraba y salía de Lima sin el reclamo de las multitudes. En julio de 2017, el joven puertorriqueño de 23 años recorría distritos periféricos de Lima como San Juan de Lurigancho, Puente Piedra, San Juan de Miraflores y Ate, cantando en discotecas donde el escenario quedaba a unos pocos metros del público. Eran sus viejos días como obrero de la música, cuando ofrecía hasta tres shows por noche en locales como Kenkos, La Choza o Kapital Sur. Las entradas se colocaban entre 25 y 100 soles y el artista cobraba alrededor de 5.000 dólares por presentación. En esa época, Bad Bunny —y todo su show— cabían en el asiento trasero de una camioneta. . MIRA: Toritos de Pucará: el arte que maravilla al mundo se prepara para recibir a más turistas Ocho años después, Bad Bunny regresa, pero el hombre ya no cabe en ninguna parte. En 2025 lanzó “Debí tirar más fotos”, su sexto álbum de estudio, y volvió a subirse a la cima del mundo. Según Spotify, fue el artista más escuchado del planeta por tercera vez, dejando atrás a figuras como Taylor Swift y a su hiperventas “The Life of a Showgirl”. El dato estadístico importa, pero lo relevante es lo incómodo que se ha vuelto para algunos espacios del poder. El autor de “Callaita” y “Zafaera” ya no solo molesta a sus ‘haters’, como a los eternos fans del rock. Se ha convertido en una figura que le puede amargar el día a políticos que nunca imaginaron verse interpelados por un artista de reguetón. Antes de continuar, es oportuno señalar que Bad Bunny no es, ni remotamente, una figura de consenso. Lo adoran millones y lo rechazan con igual vehemencia quienes no toleran su flow aletargado ni su dependencia del autotune. Pero hay algo que trasciende esas disputas en el campo de lo estético: el músico puertorriqueño se ha convertido hoy en blanco de la Norteamérica trumpista. La misma que deporta inmigrantes y desconfía del latino —y más aún del latino con poder y tribuna— tiene ahora en Bad Bunny un rostro al cual apuntar. Que el presidente de la mayor potencia del mundo se exprese en su contra es un escenario que Benito Martínez jamás debió imaginar cuando era un adolescente grababa canciones en su cuarto de Vega Baja, en la costa norte de Puerto Rico. MIRA: Museo Pedro de Osma: el patio de eventos y Casa 121 Cuando empezó a subir canciones a SoundCloud mientras trabajaba como empacador en un supermercado, nadie habría apostado por él. Su voz era demasiado grave y su forma de cantar —monótona, heredera del dancehall jamaiquino— sonaba como si hubiera grabado con la lengua anestesiada y cero apuro por vocalizar. Todo indicaba que la radio no era su destino. Quizá por eso funcionó. Esa voz que parecía un error técnico pasó de chiste recurrente a convertirse en una de las marcas estéticas más reconocibles del pop global. Temas como “Diles” y “Soy peor” comenzaron a circular de forma orgánica y, en plena era del streaming salvaje, Bad Bunny empezó a crecer cuando los algoritmos todavía no sabían qué hacer con la música en español. Para cuando llegó a Lima en 2017, era una bomba a punto de estallar. Como señala la nota de Sonia del Águila para Luces de El Comercio, sobre los primeros pasos de Bad Bunny en suelo peruano, el artista fue traído por el empresario Joel Yarleque, gerente de A&D Producciones, quien recuerda que, aunque todavía no era una superestrella, ya era muy popular: “Desde el aeropuerto y en las discotecas donde se presentó, era un loquerío”. Eran noches caóticas, sudorosas, a veces compartiendo micro con colegas más rankeados, y animando pistas de baile abarrotadas. Ese mismo recorrido lo hizo el músico por distintas capitales de Sudamérica. Era el trabajo duro que exigen las giras promocionales. Lo que vino después fue vertiginoso. Discos como “X 100pre” (2018), “YHLQMDLG” (2020) y “El último tour del mundo” (2020) acumularon millones de reproducciones y terminaron de construir una identidad artística reconocible. Luego llegó el fenómeno de “Un verano vin ti”, apodado “el ‘Thriller’ del reguetón” por la cantidad de canciones que se convirtieron en hits, y ya no hubo vuelta atrás. Fue el álbum que el mundo necesitaba escuchar tras una durísima pandemia. Fue el más reproducido de su año y la prueba de que el pop global ya no necesitaba traducirse al inglés para dominar el mundo. UN ARTISTA CONTROVERTIDO Su ascenso al estrellato no fue pacífico porque Bad Bunny nunca suavizó su discurso. Habló de género cuando las agendas conservadoras arreciaban, vistió faldas y se pintó las uñas con una estética glam inusual en el reguetón. También cuestionó la masculinidad del género desde dentro. Fueron batallas tempranas, todavía menores frente a lo que vendría después. La tensión alcanzó su punto más visible cuando Donald Trump lo mencionó públicamente. La posibilidad de que un artista latino que no canta en inglés encabezara el sintonizado “show de medio tiempo” del Super Bowl 2026 fue leída como un desafío —cuando no un insulto— por sectores conservadores. El presidente Trump reaccionó con desdén: “Nunca he oído hablar de él. No sé quién es ni por qué lo escogieron. Es absolutamente ridículo”, dijo. Antes, el músico había señalado que no haría shows de su actual disco en Estados Unidos por temor a que los conciertos se usaran como excusa para perseguir o deportar a su público. En el entorno republicano incluso se ha deslizado la posibilidad de hacer un show alternativo, solo con estrellas estadounidenses. Bad Bunny no ha confrontado directamente las alusiones. Pero cuando fue anfitrión del programa de TV estadounidense










