Entre olas, sueños y el frío de Makaha: Cristopher, Micheel, Cristóbal y los hermanos Saavedra, las nuevas promesas del bodyboard peruano que ya brillan en el mundo “Somos lo que Somos”, nuevo fenómeno digital: cómo revolucionó el streaming en solo tres meses y la historia del programa de moda contada por sus protagonistas Ignacio Buse aparece en la pantalla de Zoom con una sonrisa tranquila en su habitación de la academia de tenis TEC de Barcelona, donde vive y entrena desde fines del 2023. La decisión de mudarse a esta ciudad responde al objetivo de seguir creciendo deportivamente: entre partidos de alto nivel y entrenamientos exigentes, el peruano forja una versión más madura y sólida de su tenis. Son las diez de la noche allá, media tarde en Lima, y el tenista nacional luce relajado, con la mirada despierta. Acaba de volver de entrenar, pero aún tiene energías para conversar. LEE TAMBIÉN | Maido: la historia detrás del “dream team” de Micha y por qué hoy es el mejor restaurante en el mundo Lo primero que nos dice es que se encuentra muy feliz tras haber ganado el título del Challenger 100 de Heilbronn, que disputó hace unos días en Alemania sobre superficie de arcilla. “Ganar mi primer Challenger era una meta que venía persiguiendo desde hace tiempo, pero que me costó bastante conseguir. Al final, cada uno tiene su propio proceso”, comenta Ignacio. “Estoy muy contento porque ese sentimiento de autosuperación que tengo hoy en día solo se experimenta cuando sacrificas muchas cosas para lograr lo que te propusiste desde pequeño”, explica. Hace dos años, en su última entrevista con El Comercio, el joven tenista hablaba de su paso de la categoría junior al profesionalismo y del sueño de competir en un Grand Slam. En unos días, tendrá esa posibilidad: jugará la fase previa de Wimbledon, el torneo de tenis más antiguo del mundo, con la intención de clasificar al cuadro final. “El césped no es una superficie a la que estoy acostumbrado, pero creo que es cuestión de adaptarse y tenerse confianza en uno mismo. La mejor manera de encarar este reto es tratar de disfrutarlo, pero siempre con la ambición de ganar”, cuenta. Buse ha dejado atrás la etiqueta de “promesa” y empieza a convertirse en una realidad para el deporte peruano. Su evolución no solo se mide en el ranking ATP —donde ya coquetea con el top 100—, sino en su mentalidad: más sereno, más firme, más táctico. Cualidades que lo han llevado a ser la primera raqueta del Perú a su corta edad. “Es algo que llegó antes de lo pensado porque Juan Pablo (Varillas) venía muy bien. Él ha sido un referente para mí en estos últimos años”, sostiene. “Siento que estoy en un buen momento de carrera, pero no me gusta conformarme. Siempre sueño en grande. Voy a dejar todo de mí para poder escalar más arriba y estar entre los mejores”. Jugar tenis es una pasión que Ignacio heredó de su abuelo, el gran tenista peruano Eduardo Buse, protagonista junto a su hermano Enrique de la época de oro del ‘deporte blanco’. Ambos llegaron a disputar el US Championship –hoy US Open– y representaron al país en una serie de torneos internacionales. Su influencia fue tal que la principal cancha de tenis en Perú lleva su apellido en su honor: el coliseo Hermanos Buse, en el club Lawn Tennis. “Me encanta que la gente conozca y sepa quiénes fueron mi abuelo y mi tío abuelo. No los pude conocer, pero por lo que me dicen eran muy buenos tenistas, de los mejores del mundo”, dice el deportista. Haber nacido en un hogar vinculado tan profundamente al tenis le hizo entender desde temprana edad lo que significaba entrenar con disciplina y competir con carácter. No bastaba con tener talento, había que construirlo. “Tuve la suerte de que mi papá es coach de tenis. Yo crecí en el Country Club de Villa y él era el director. Aprendí a jugar tenis literalmente por eso”, recuerda Ignacio. Su etapa en menores se caracterizó por su consistencia y una derecha sólida que empezó a afianzarse como su sello. Alcanzó el puesto 9 en el ranking ITF junior y, en 2022, llegó a la final de dobles junior en Roland Garros, junto a su amigo Gonzalo Bueno. Su espíritu competitivo lo llevó a desprenderse de lo más valioso para él: su familia. “Yo soy una persona bastante familiar, lo que más extraño son los domingos familiares. Extraño cuando nos juntábamos con mis primos y tíos (es sobrino del chef Gastón Acurio), más de 15 o 20 personas, todos comiendo. Al final son esos momentos, los más simples, los que uno más termina valorando”, comenta. Ser deportista de élite no solo es entrenar fuerte, es aprender a convivir con la soledad y entender que el precio de los sueños cuesta tiempo, vuelos sin retorno y celebrar cumpleaños por videollamada. Hay una escena que Ignacio recuerda con orgullo: el punto que selló su victoria ante Nicolás Jarry por la Copa Davis, en 2024. El chileno, entonces top 20 del ranking ATP, fue superado por un Buse aguerrido, preciso y con hambre de gloria. Jugando de visita, ante un estadio abarrotado de hinchas rivales, el equipo peruano estuvo a punto de dar el paso definitivo para volver a la zona mundial del prestigioso torneo de selecciones. “Lamentablemente no se logró el resultado que todos esperábamos, nos quedamos por muy poquito. Pero estoy seguro que a este equipo se le va dar dentro de muy poco”, dice Ignacio. “La sensación de jugar por tu país me fascina, pero a la vez es una gran responsabilidad porque tienes a toda una nación detrás. Incluso, te diría que me emociona más jugar la Copa Davis representando a Perú que ir ahorita a Wimbledon”. La última -y única- vez que Perú clasificó al grupo mundial fue en 2007, cuando Ignacio tenía tres años. El héroe de aquella jornada fue el tenista peruano Lucho