Julio Ramón Ribeyro: la última palabra del “mudo” fue en diciembre de 1994 | FOTOS
“Los peruanos simpatizamos con Julio Ramón Ribeyro porque parecía ser un ‘perdedor’, aparentaba ser frágil” El retorno de Julio Ramón Ribeyro ¿Cómo se gestó el libro inédito del gran cuentista peruano? Aquel domingo 4 de diciembre de 1994, Lima amaneció con una noticia que avanzó con la lentitud de lo irreversible: Julio Ramón Ribeyro (1929-1994) había muerto en la madrugada, a los 65 años. Sobrellevaba una dolencia antigua y sus últimos días habían transcurrido entre manuscritos, silencios y la rutina barranquina que cultivó siempre, serena y discreta. Apenas entonces la ciudad empezaba a dimensionar la ausencia del narrador que mejor retrató sus derrotas íntimas y sus silencios más desgarradores. Esa madrugada dominical, la literatura peruana quedó sin palabras. En una habitación del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, en Surquillo, Ribeyro se despidió del mundo, tras enfrentar el avance implacable de un cáncer que lo acosaba desde hacía años. En noviembre pasado los médicos habían optado por extirparle un riñón en un último intento por contener el deterioro que lo consumía. MIRA ADEMÁS: José María Arguedas: el día que el Perú perdió a su narrador más íntimo en 1969 | FOTOS Durante sus últimos años, Ribeyro vivió entre Lima y París, como si ambas ciudades lo sostuvieran desde orillas distintas. Pero recientemente se había asentado en su casa barranquina, donde las mañanas olían a pan caliente y las tardes se volvían ceremonias de revisiones minuciosas, casi rituales, de sus manuscritos. Los vecinos lo habían vuelto parte del paisaje cotidiano: lo veían avanzar en bicicleta por el malecón, silencioso, flaco, casi invisible, como si necesitara ese aire marino para mantener a raya la enfermedad y la nostalgia. Él, que siempre rehuyó la exposición pública, encontraba en esos paseos una forma íntima de libertad. LEE TAMBIÉN: El último vuelo de Tilsa Tsuchiya: cómo la artista convirtió el dolor en color Su esposa Alida Cordero y su hijo Julio Ramón vivían en París. Fue el joven cineasta Ribeyro quien viajó de urgencia a Lima al enterarse del brusco deterioro de la salud de su padre. Pero llegada fue aguardada ya para iniciar el velatorio del narrador. La familia Ribeyro mantuvo un hermetismo respetuoso ante un dolor que prefería vivir en silencio. MUERTE DE RIBEYRO: NOTICIA FATAL Y SUS ECOS El lunes 5 de diciembre de 1994, El Comercio anunció la muerte del escritor con una mezcla de pesar y reconocimiento. Recordaba que apenas unos meses antes, en agosto, Ribeyro había obtenido el Premio Internacional Juan Rulfo, considerado el “Nobel hispanoamericano”. No asistió a recibirlo: el galardón fue recogido por su esposa y su hijo en Guadalajara, durante la Feria del Libro. SEPA ADEMÁS: Werner Herzog en Lima: la historia de su visita secreta y su llegada a El Comercio en 1998 Ese premio había sido un acto de justicia literaria tardía para un autor que siempre rehuyó los reflectores. Ribeyro solía rechazar entrevistas porque, decía, le preguntaban lo mismo de siempre. Sentía que ya lo había dicho todo, que las explicaciones lo alejaban de su propia obra, que era mejor dejar que los textos hablaran por él. Pero cuando hablaba, dejaba declaraciones que se convertían en claves de lectura. Recordaba su primer cuento, La vida gris, escrito a los 16 años, donde ya asomaba el molde de sus personajes citadinos y frágiles, seres de clase media atrapados entre rutinas y resignaciones. Decía también que en él persistía una religiosidad tenue, una ventana apenas entreabierta hacia “algo más allá”. MÁS INFORMACIÓN: Mafalda: el día que la niña rebelde conquistó Lima con su llegada a El Comercio en 1971 |FOTOS En el ambiente cultural, el impacto de su muerte se extendió durante toda la semana. La Feria del Libro limeña preparaba un homenaje en San Isidro, mientras escritores, críticos y lectores subrayaban su aporte decisivo a la narrativa en castellano. El duelo adoptaba una forma colectiva que, de haberla presenciado, el autor de La palabra del mudo no habría sabido —o querido— cómo enfrentar. DOLOR RIBEYRIANO: EL DUELO EN MARCHA Para el miércoles 6 de diciembre ya se sabía que el velatorio se realizaría en la Parroquia Santa María Reina, en San Isidro. El mundo literario continuaba expresando su pesar, recordando la honestidad narrativa de Ribeyro y la forma en que sus personajes se habían convertido en espejos del Perú urbano. MIRA TAMBIÉN: Familia Addams: cuando el mayordomo de Merlina sorprendió a Lima en 1969| FOTOS Al día siguiente, jueves 7 por la mañana, el féretro salió de la iglesia rumbo al cementerio Jardines de la Paz, en La Molina. El cortejo avanzó lentamente, encabezado por Alida, que llegó también, el hijo y los hermanos del escritor, Mercedes y Juan Antonio. No era multitudinario, pero cada rostro llevaba la gravedad de una despedida definitiva. El lingüista Luis Jaime Cisneros tomó la palabra en nombre de la Academia Peruana de la Lengua. Dijo que despedir a Ribeyro era un acto profundamente doloroso, que habría preferido visitarlo otra vez en su departamento de Barranco, conversar entre libros y recuperar esas charlas en las que el mar actuaba como testigo silencioso. A su turno, el escritor y amigo del narrador, Guillermo Niño de Guzmán, evocó una frase del escritor peruano Alfredo Bryce: Ribeyro había convertido el dolor humano que Vallejo instaló en la poesía en una prosa limpia e íntima. Añadió que Julio Ramón tuvo la honestidad de mostrar sus emociones sin adornos, y que esa franqueza le permitió establecer un vínculo secreto y duradero con sus lectores. LEE ADEMÁS: Festival de Cine de Lima: la vez que el actor francés Alain Delon visitó el Perú en 1965 | FOTOS EXCLUSIVAS RIBEYRO: LA ÚLTIMA MORADA El artista plástico Fernando de Szyszlo leyó un mensaje enviado por Javier Pérez de Cuéllar. El diplomático peruano afirmaba que el país perdía a un escritor que dedicó su obra a expresar el dolor profundo de las personas sencillas, de esos seres silenciosos que rara vez encuentran un narrador capaz de mirarlos con tanta compasión. Los amigos de siempre estaban allí: el poeta
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